jueves, 29 de octubre de 2009

El único animal que tropieza...

Hace unos meses acudí a uno de los accidentes de tráfico más vistosos que he podido grabar: en la autovía A-7, sentido Murcia, a la altura del castillo de Lorca, un camión impactó contra la base de un pórtico de señalización y volcó...



...pues anoche, en la autovía A-7, sentido Murcia, a la altura del castillo de Lorca... un camión impactó contra la base de un pórtico de señalización y volcó...




(nos lo comimos con patatas, nos enteramos siete horas más tarde)


Fijaos que en las fotos del primer accidente y en las del segundo se aprecia la torre principal del castillo, la Torre Alfonsina, es decir, que el entorno es el mismo, sólo que en un caso fue antes del túnel y en el otro después.
La pregunta es... ¿qué probabilidades hay de que en un tramo de 5 kilómetros se produzcan dos accidentes tan poco usuales? Que un coche vuelque es normal... que un camión arranque uno de esos pórticos no suele pasar... pero que dos camiones reproduzcan el mismo accidente en la misma zona... en fin, que la estadística falla...
Con respecto al segundo camión, fue un camión de la basura; su conductor salió despedido y acabó tendido en el asfalto, herido de gravedad, aunque por suerte ha salvado la vida.

domingo, 18 de octubre de 2009

Armonía arquitectónica


Un par de fotos que dan fe de la estupidez que suele acompañar al ladrillo.

Una casa preciosa, en un pueblo de Murcia. Recién coronada -véase la bandera nacional que suele acompañar al acto de llegar a la cima del edificio-. Estilo, armonía, buen gusto... todo en uno...



No es selección natural, no es adaptación darwinista al medio. Es que los dueños de esta fábrica no quisieron que los árboles les impidiesen ver la nave industrial. Impresionante.

Casas kitsch e industrias que embisten como el caballo de Atila. Así nos luce el pelo.

Por suerte, de vez en cuando nos encontramos con algún que otro caso de arquitectura no agresiva. Éste es el centro sociocultural "La Cárcel", de Totana. Un ejemplo de cómo rehabilitar un edificio, sin estropear la historia ni la estética.

sábado, 17 de octubre de 2009

Jugándose el cuello por nosotros



El pasado jueves se desbordó una de las ramblas que atraviesan Águilas. Hubo gente atrapada dentro de sus coches, y debajo de los aludes de barro... algunos coches, con gente en su interior, acabaron sumergidos en la bahía... la magnitud de la tragedia movilizó a Protección Civil, Cruz Roja, Bomberos, Guardia Civil, Policía Local, 112, e incluso a la Unidad Militar de Emergencias...

...afortunadamente, sólo se trató de un simulacro. Más de 200 profesionales de todo tipo, provenientes de Lorca, Puerto Lumbreras, Mazarrón, Murcia, y de la misma Águilas, aprendiendo a actuar en caso de catástrofe. Momento en el cual se jugarán la vida por nosotros.

La Unidad Militar del Ejército se encargó de encauzar la rambla desbordada. Instalaron diques y sacos terreros.









¿Qué decir de los Bomberos? Día a día se enfrentan a los mayores horrores, sin darse la mayor importancia. Durante el simulacro afianzaron un coche que estaba hundido en la rambla y se lanzaron al cauce, para rescatar a los pasajeros atrapados.






Socorristas acuáticos de la Cruz Roja rescataron a las personas que habían sido arrastradas hasta la bahía, y luego las evacuaron con ayuda del helicóptero del 112.





Bomberos, Cruz Roja, el Servicio de Emergencias Municipal (antigua Protección Civil)... aprendiendo a trabajar juntos.





El Puesto de Mando Avanzado (PMA). Este camión se traslada a los lugares donde hay emergencias, y desde su interior se coordina todo el operativo. El mes pasado lo vi trabajar de verdad en la evacuación de una urbanización, amenazada por el desbordamiento real de una rambla, en Los Alcázares, junto a Cartagena.


El simulacro duró toda una mañana. Ahora tocará repasar los fallos y ver lo que se puede hacer mejor. Y todo ello, para salvar nuestras vidas.

En cualquier momento...

No me cansaré de repetir que la carretera no es nuestra amiga; le pasa como al mar: puede parecernos muy bonita y apacible -no por sí misma, sino por los lugares a los que nos conduce-, pero en cualquier momento puede revolverse y poner en juego nuestra vida.

Este accidente se produjo ayer, a primera hora de la mañana, en una autovía de Murcia. El vehículo se estrelló contra la barrera de unas obras; barrera compuesta por elementos de plástico rellenos no de arena o de agua, sino de hormigón, precisamente para proteger la vida de los operarios de mantenimiento.

No había huellas de frenado, por lo que todo apunta a que pudo ser un despiste, un desvanecimiento o, sencillamente, que el conductor se quedó dormido. El coche, en vez de seguir la curva de la carretera, siguió recto, tropezó con un quitamiedos y de inmediato se fue contra la barrera que estaba cerrando el carril derecho.


El impacto fue brutal; el conductor resultó herido de gravedad. Al ser un modelo antiguo -es un Citroën ZX-, el coche no llevaba air-bag, por lo que no hubo nada que amortiguase el impacto contra el volante. Como el conductor iba dormido, o inconsciente, ni siquiera pudo protegerse segundos antes del choque...


Este otro siniestro se produjo a la salida de una de las pedanías de Lorca. El coche, que tenía poco más de un año de antigüedad, empezó a arder. El conductor sólo tuvo tiempo de echarlo al arcén y escapar, antes de que las llamas lo consumiesen por completo.


Lo extraño es que el motor está intacto; es decir, que el incendio se ha producido desde la parte central o posterior. El conductor comentó que había tenido un golpe -un alcance-, y que el coche llevaba un tiempo en el garaje, sólo que esa tarde decidió sacarlo un poco. Puede ser que el alcance le hubiera movido el tubo de escape, hasta ponerlo en contacto con alguna zona inflamable... o que los discos de frenado se hubieran quedado tocados, hasta sobrecalentarse, incluso que haya habido alguna fuga en el depósito de gasolina...

En cualquier caso... en cualquier momento podemos perder la vida. La carretera no es nuestra amiga; es un ser indiferente, a quien en el fondo le da igual que disfrutemos recorriéndola, o que nos quedemos tendidos en el asfalto.

sábado, 10 de octubre de 2009

¡Lo que inventan los hombres!

Mi abuela Pepucha, que en paz descanse, pronunciaba esta frase, con tono de suprema admiración, sin acabárselo de creer, cada vez que en el "parte" o en "la voz" (La voz de Galicia) contemplaba algún artilugio de aquéllos en los que las últimas décadas han sido tan pródigas. Por ejemplo, el Apolo XI, el AVE, el portaaeronaves Príncipe de Asturias o el Amstrad 6128 que se compró mi padre, con no sé cuántos tonos de color, por mencionar los más sonados. "Lo que inventan los hombres", decía, con un suspiro. Como se podrán imaginar, mi querida abuela, nacida en los años de la I Guerra Mundial, excluía de su asombro a las mujeres, que a su mente no eran más -ni menos- que la mitad fregoteante y amamantadora de la Humanidad.

Me ha venido a la mente esta frase tan suya, al ver estos dos ingenios. Las dos fotos están hechas en Águilas, este mismo mes.

Esta estampa resultará muy familiar a aquéllos que tengan la suerte de vivir junto a un puerto pesquero. Una grúa de pórtico, transportando a tierra a un barco para que le hagan alguna revisión. No deja de ser espectacular. Y hermoso. Y paradójico: un barco capaz de recorrer millas y millas, pero que sería incapaz de adentrarse un solo centímetro en tierra firme, en el variado y movido mundo terrestre. Y al contrario, una maquinaria capaz de partir un camión en dos, al que sólo harían falta treinta o cuarenta centímetros de aguas mansas para que volcase y se quedase paralizada para siempre... Dos universos que de vez en cuando logran cogerse de la mano muy fugazmente.

A pocos kilómetros, o millas, de distancia, otra muestra de la tenacidad humana: una excavadora, subida en una balsa gigantesca, arañando tierra de la boca de una rambla. Es el inicio de la desaladora de Águilas-Guadalentín, la toma de agua salada que -otra proeza- se convertirá en agua dulce, apta para beber.

Por cierto, que los conductores de estas máquinas se merecen sendos olés. Hay que tener mucha inteligencia para ser capaz de elevar y transportar una barca entre dos bridas, o para mantener el equilibrio de una excavadora cargada de tierra, que se balancea encima de un superflotador. En fin, ya quedó dicho: "¡Lo que inventan los hombres!" Y las mujeres, ahora que por fin se las deja ir más allá de la escoba y del pañal.

sábado, 3 de octubre de 2009

A. E. I. O. U.

A.E.I.O.U. son las siglas de Anti Español Idiota Orgulloso y Ultra. Los estamos viendo salir de sus cuevas, ahora que España ha perdido las Olimpiadas de 2016, diciendo que se alegran de que el evento haya recaído en un país del otro lado del mundo. Ayer mismo, en el Facebook, a los diez minutos de saberse que los juegos se habían ido al Brasil, el amigo de un amigo dejó escrito en su muro un Uffff... menys mal!! ("¡Uf, menos mal!"), para que todos viéramos que para él, la alegría, la esperanza y el trabajo de tantos millones de españoles estaba suponiendo un suplicio.

Uno de los tópicos que el Facebook está destruyendo es aquella presunción de que los amigos de mis amigos tienen que ser necesariamente mis amigos; en mi caso, algunos de los más entrañables tienen en su agenda a auténticos imbéciles, como éste de Barcelona, que a renglón seguido añadía que iba a celebrarlo tomándose una caipirinya. Lo escribió así, con el dígrafo NY que en catalán equivale a la eñe, y que en portugués -en gallego no, por favor- debería escribirse como NH. Vamos, que el tío lo más seguro es que no sepa ni siquiera dónde está Río de Janeiro. Lo único que sabe es que los madrileños se han jodido, algo que para él debe de ser una auténtica alegría.

Los amigos de mis amigos no tienen por qué ser amigos míos, pero para muchos idiotas, y en especial para la variedad AEIOU, los enemigos de sus enemigos acaban siendo sus amiguitos del alma, como diría Paco Armani, digo Camps. Desde siempre se ha destacado el buen rollo que hay entre las aficiones del Barça y la Real Sociedad; una simpatía que nunca he acabado de entender, ya que nada hay en común entre Cataluña y el País Vasco; entre esa sociedad ilustrada de comerciantes enriquecidos, laica, progresista y centrada en una megalópolis europeizante... y esa otra sociedad cerrada en sí misma, conservadora, religiosa, arraigada en el campo y formada por trabajadores encallecidos. Nada une a Cataluña y Euskadi, si no es el elevadísimo porcentaje de inmigrantes andaluces, gallegos, castellanos, murcianos que han sacado sus fábricas adelante, y el odio que algunos de sus elementos profesan hacia "Madrid".

Las elecciones europeas nos dan otro ejemplo de hermandad forjada gracias al enemigo común: esos partidos nacionalistas vascos, catalanes, asturianos, extremeños, valencianos, gallegos, aragoneses, los unos con la estrella roja -ese digno símbolo al que han vaciado de significado de tanto emplearlo en vano-, los otros con el plácet de su iglesia regional. Unos tienen al Che, otros a monseñor Setién, pero a todos ellos les une el odio hacia los españoles. Y luego se presentan juntos a unas elecciones cuyo objetivo último es eliminar las distinciones entre portugueses y lituanos.

Volviendo al idiota que iba a regar el serrín de su mollera a base de caipiriñas, él se alegraba no de las sonrisas de los cariocas, sino de la decepción y las lágrimas de los "madrileños", entendiendo como tales a todos aquellos que se sienten -nos sentimos- cómodos y orgullosos cuando decimos que somos españoles. Que no quiere decir que nos consideremos mejores, más inteligentes o más guapos que los franceses, los portugueses, los yanquis o los bielorrusos; simplemente, que hemos nacido en España, y que, aunque no nos guste el deporte, para que se vaya a otro sitio, que se quede aquí. El mismo sentimiento que nos llevó a apoyar a Barcelona en 1992, nos ha llevado ahora a apoyar a Madrid en 2016. En cambio, un Anti Español Idiota Orgulloso y Ultra siempre se quedará con el otro país. Sin darse cuenta de que a él, en Río de Janeiro, Chicago o Tokyo, le meterán en el mismo saco que al madrileño, el huertano, el sevillano o el de Ferrol. Sin duda hay más diferencias, y muchísimos más agravios históricos, entre el urbanita de tez blanca, hijo de portugueses de Brasilia, el negro de la periferia de Sâo Paulo o el guaraní del Mato Grosso, que la que puede haber entre el facebookero de Aluche o del barrio de Gràcia. Entre el Manzanares y el Llobregat hay poco más de 600 kilómetros; entre Manaos y Río de Janeiro, cerca de 4.500. Y no me cabe duda de que todo Brasil ha sido un clamor, desde los meandros del Amazonas hasta los ríos de asfalto de sus grandes ciudades, al enterarse de que una de sus ciudades se iba a llevar las Olimpiadas.

He comenzado el párrafo anterior llamando idiota al amigo de mi amigo que sentía un gran alivio por que las olimpiadas se fueran a marchar del país al que, le guste o no le guste, pertenece. A mí no me gusta insultar de manera gratuita, de manera que les diré: esos antiespañoles son orgullosos porque se creen que pertenecen a una raza, o etnia, o secta, superior. En Cataluña y Valencia hay toda una serie de refranes y frases hechas que lo demuestran. Castellà, si no te l'ha feta, te la farà ("El castellano, si aún no te la ha hecho, ya te la hará"). De Ponent, ni gent ni vent ("De Poniente, ni gente, ni viento"). En fin, algunas perlas para las que en el resto de España no tenemos equivalente, porque yo no conozco ningún refrán castellano que se meta con los catalanes ni con los vascos, no siendo los chistes con los tópicos, que por otro lado están repartidos entre todos los lugares de nuestro país, y si no, que se lo digan a los de Lepe. Esos antiespañoles son ultras, porque se sienten más cercanos al currante de Río de Janeiro, al mestizo de cultura amazónica o a la mulata que baila samba (bendita cercanía en este caso), que al españolito de la provincia de al lado, con el que comparte no sólo la cultura, sino el pasado colectivo, las preocupaciones por la crisis y seguro que algún González, un López o un García en las cuatro generaciones anteriores.

Y esos antiespañoles son idiotas, porque unos juegos olímpicos repercuten no sólo en la ciudad escogida como sede, sino en el circuito económico más próximo, un circuito que, hoy por hoy, se rige por fronteras estatales. Barcelona 92 dejó su huella en toda Cataluña, en Valencia, en Andalucía y en Madrid, en forma de turistas que un día se cogieron el AVE o el avión, para conocer otras partes de España; de empresarios que aprovecharon la cita olímpica para explorar nuevos mercados; de profesionales liberales que decidieron arraigar cerca de Barcelona, esto es, en Zaragoza, en Alicante o en Getafe. De la misma manera, Río de Janeiro 2016 no va a suponer ningún beneficio para España, mientras que Madrid 2016 nos habría convertido en punto de encuentro mundial durante unos meses, y algún que otro dólar, o yen, o libra esterlina, o euro con el hexágono de Francia, se habría quedado cerca del Guggenheim, de la Torre del Oro o del Parc Güell.

Por eso hay que ser idiota para viajar en una balsa, y alegrarse porque el único remo que se ha quedado a flote se vaya a ir a la balsa de al lado. Aunque te sientas diferente, y por supuesto superior, a los que están compartiendo la misma suerte que tú.

En fin, el amigo de mi amigo se pasó semanas enteras soñando conque su Barça ganase la Copa del Rey de España; luego se sentó en un estadio, enfrente de los que llevaban semanas soñando conque el Atlétic de Bilbao ganase la Copa del Rey de España. Luego unos y otros se dejaron los mofletes en carne viva, silbándole al himno que para muchos de nosotros representa algo importante, y por fin se pasaron los noventa minutos siguientes esperando que sus fichajes senegaleses, o polacos, o británicos, o de las islas Seychelles, le dieran a su nación sin estado, o a su estado libre asociado, la Copa de Su Majestad el Rey. Claro que a lo mejor van por ahí los tiros, tal vez los AEIOU se han alegrado de que los juegos olímpicos se hayan ido a Río de Janeiro, porque sus mayores referentes, los mitos que hacen grande a su país, ese Ronaldo, ese Romario, ese Ronaldinho -o Ronaldinyo- han venido, precisamente, de Brasil. En fin, como dice ese catalán universal, ese gitano Peret: A, E, I, O, U... borriquito como tú...

El Reloj de las Muertes Violentas

Recuerdo la Cibeles abarrotada de gente, todos aquellos rascacielos con sus ventanas gemelas llenas de curiosos y un destaca­mento de policías que no daba abasto para controlar a la multitud: porque allí había doscien­tas o tres­cien­tas mil perso­nas, que miraban todas hacia un mismo punto, hacia arri­ba, hacia un inmen­so panel negro, con números rojos que cambiaban cons­tantemente, y cada número es un muerto.

Aún me parece estar viendo el gran cartel que tapa los ventanales de la última planta, que ha costado dos millones de euros y que tiene varios le­treros encima de las cifras rojas: el primero es la marca comercial que se verá por todo el mundo, por todas las tele­visiones e Internet; el segundo es la explicación o la justificación del despliegue: "EL RELOJ DE LAS MUER­TES VIO­LENTAS". El tercero es la fecha de aquel día, "29 de FEBRERO".

El obrero que aquella mañana había cambiado a mano el tercer letrero del Reloj de la Muerte era hijo del muerto violento número 9.398.762, pero eso no le había impedido cumplir diariamente con su función de cambiar los paneles con la fecha. Su padre era el viudo de 7.003.319, atropellada por un conductor borra­cho que fue el 7.003.320, porque después de decapitarla se estampó contra un kiosco de prensa. El encargado del mantenimiento del reloj, que a esas horas de la tarde se disponía a vivir como todos noso­tros un momento histórico, no llegó nunca a saber que tan sólo un mes más tarde él iba a convertirse en el muerto violento número 10.­000­.112. Lo maté yo mismo.

Las ocho cifras cambiaban, siguen cambiando hoy, veloz­mente. La prime­ra de la derecha a veces parpadeaba y se saltaba algu­nos números, cuando había varias víctimas que se disputaban la preferencia: del 9.999.102 al 9.999­.105 (un hombre con su fami­lia se salta un stop); del 9.999­.234 al 9.999.238 (un ex poli­cía borracho entra en un bar pistola en mano); del 9.999.­389 al 9.999.415 (al conductor de un autobús escolar le llama por el móvil su cuñado para ir juntos a la revisión del coche)...

Había gente que llevaba varios días reunida en la plaza, desde la mágica aparición del quinto nueve del reloj, el número 9.999.900. La gente de a pie, los periodistas, incluso algún político campechano, llevan mucho tiempo llamando "la Taxista" a la terminación 900, porque el muerto violento número 8.543.900 fue una mujer taxista que murió en un atraco en Aluche. Por similares razones, se llama el Gasó­leo a las cifras 888, el Autocar del Ciego al 4.567, la Puta al 112 y la Mujer del Alcalde al 263­.

La Taxista apareció en el panel el día 24 de febre­ro, de madrugada. Sus compañeros del gremio, también los autobuse­ros, lo recibieron con emoción, tocan­do el claxon y con el puño en alto. El 25 apare­cieron los prime­ros capicúas, 909, 919, ambos el mismo día, y la opinión pública empezó a emocionarse viendo que estaban a punto de llegar los diez millones, el número 1 del primer panel empezando por la izquierda, el de las decenas de millón. El 27 de febrero, al mediodía, la multitud cada vez más numerosa saludó a los Dos Patitos (un adelantamiento en cambio de rasante, murió un niño de diez años) con un atro­nador y alegre "cua-cua"; dos horas más tarde, los más devotos estaban rezando un discreto padrenuestro por la Edad de Cris­to. El día 28, a esa misma hora, un parrici­dio múlti­ple (un hombre mató a su ex esposa, a sus dos hijos y luego se pegó un tiro) avanzó el Reloj del 967 al 971, privando a los más jóvenes del jolgorio que siempre provo­ca la aparición del 69. El chasco no impi­dió que siete estu­diantes de Arte Dramático, venidos ex profeso desde Barcelona, se desnudaran en plena avenida y escenificaran la cifra (9.999.969) ante miles de curio­sos, hasta que fueron detenidos por una pareja de policías.

Aquella misma noche, un grupo venido de Aragón repartió puros entre la muchedumbre cuando salió el 978, el antiguo prefijo de los teléfonos de Teruel, para recordar que su provincia también exis­te; curiosamente, el 978 había sido una chica de Zaragoza...

A la mañana si­guien­te, día 29 de febrero, uno de los doscientos mil congregados, un ancia­no que llevaba más de treinta y seis horas de pie en la plaza, feliz por estar rodeado de tanta gente, sintió un extraño dolor en el pecho mientras animaba al 988 con gritos de "cho-cho", y fue reti­rado en camilla mientras se esforzaba por ver aparecer su propio número en el panel. El sexto nueve, que dio la muerte violenta número 9.999.990, apareció a las cinco menos cuarto de la tarde. En ese momento, el extremo izquierdo del panel se iluminó levemente: estimuladas por un sensor, como los cuentakilómetros de los coches, las bombillas de la decena de millón se estaban preparan­do para encenderse por primera vez.

Instigadas por un impulso parecido, las cadenas de televisión conectaron sus equipos en directo, mientras los políticos se ajustaron las corbatas y prepararon sus discursos. El partido de la oposición tenía que lamentar profunda­mente la llegada del muerto violento número diez millones, fruto de la mani­fies­ta incapacidad del Gobierno a la hora de atajar la delincuencia. Por su parte, el partido en el poder iba a desta­car que la misión del Reloj era concien­ciar a los ciudada­nos sobre la necesidad de poner todos un poquito de nuestra parte para disminuir la violen­cia y hacer reflexio­nar a la sociedad, e iba a comparar las menos de novecientas mil muertes violentas ocurridas durante su mandato con las más de un millón que se habían produci­do, en idéntico perío­do de tiempo, durante el mandato del partido de la oposición.

A las cinco menos diez apareció el 1 que señalaba la muerte vio­lenta número 9.999.991. Dos minutos más tarde apareció el 992, y de inmediato el 993. El 994 se hizo esperar hasta las cinco y siete minutos, para cons­terna­ción de las cadenas de televisión, que pagaban cien euros por cada minuto de conexión vía saté­lite. Afor­tunada­mente para ellas, del 994 se saltó al 996 por el vuelco de un camión en una carretera perdida de Jaén.

El posible salto del 999 al 001, sin pasar previamente por el número 10.000.000, había sido previsto dos meses antes por el Comité de Expertos del Reloj, un grupo de informáticos que habían obedecido las demandas de los más interesados en que ninguna muerte de más les estropease la función: los políti­cos ávidos de momentos históricos, las cadenas de televi­sión que querían rentabili­zar el alquiler de los satélites, y la empre­sa de segu­ros que se anuncia­ría por todo el país en el preciso ins­tante en que se vieran, redondos, todos los ceros. Por ello, el Comité había decidido congelar la pantalla durante cuatro minutos, en el preciso instante en que se computaran las decenas de millón.

El 996 apareció a las cinco y ocho minutos y fue recibido con aplausos. Éstos se convirtieron en auténticos aullidos unos segundos después, cuando apareció el 997; el 998 salió a las cinco y once... y, por fin, a las cinco y trece minutos del 29 de febrero, el Reloj de las Muertes Violentas se convirtió en un muestra­rio de nueves: 9.999.999. Diez millones de muertes, menos una, desde el día en que la Administración decidió colgar en la plaza más conocida de Madrid un gigantesco reloj para concienciar a los ciudadanos. Al menos ésta había sido la intención original. Luego llegaron la propaganda y la frivolidad.

La muchedumbre aguan­tó varios minutos con la mirada fija en los siete nueves, sin atre­verse a pestañear. Fueron las cinco y cuarto, luego las cinco y veinte, y la pantalla permane­ció inmóvil, ajena a las ansias de todos. Llevá­bamos apenas diez minutos sin ninguna muerte violenta, y la muchedumbre empezaba a impa­cientarse. A las cinco y veintiuno, el encar­gado comprobó, temblo­ro­so, que todos los sensores funciona­ban correctamen­te, pero a las cinco y veintiocho la bolsa de Wall Street anunció una levísima bajada de las accio­nes de la empresa que había fabricado el panel. Fue entonces cuando un político muy destacado -nunca se ha llegado a saber quién fue- sugirió a gritos a uno de sus chupatintas que le pidiera la pistola al oficial más cercano y se sacri­ficara él, o sacrificara a alguien, por la causa.

Pero en aquel momento, exactamente a las cinco y media de la tarde, el médico de guardia entró en la sala de urgencias y nos dijo en voz muy baja que nuestra niña no había superado el atro­pello. Instantes después, la televisión de la sala retrans­mitió el cambio de marcador. Y yo vi vuestras caras, oí vuestros gritos de alegría salvaje e irracional. Hasta el médico sonrió, inconscientemente. Claro que la noche después del entierro, cuando pude reaccionar, el médico se convirtió en el muerto violento número 10.000.010. Y en cuanto a vosotros, lo único que sé es que voy a hacer todo lo posible para que ese diez millones que tanto me recuerda a mi niña se convierta cuanto antes en un veinte. Y luego, en un treinta.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿Podría haberse evitado?

Bastaron dos días de lluvia -bastante fuerte, por otro lado- para que buena parte del Sudeste español volviera a quedar bajo las aguas. Calles y casas inundadas, carreteras cortadas, puentes destruidos, campos anegados... parece que en esta parte de España sólo tenemos dos climas: los 45º que ya son habituales cada verano, y los 200 litros por metro cuadrado que se alcanzan tan pronto se amontonan varias nubes.

La pedanía de Puerto de Mazarrón, en Mazarrón, tiene algunos sectores que están edificados prácticamente ganándole terreno al mar, sobre lo que en otros tiempos fueron saladares. La zona de Bahía es uno de ellos. Cada vez que cae una lluvia medianamente fuerte, se pueden ver imágenes como éstas durante varios días...



No es el mar, son campos desaparecidos bajo las aguas en Puerto de Mazarrón

Otra de las zonas que se ve muy afectada por las aguas es Totana. Cada vez que hay tormenta, los campos aparecen inundados. Debe de ser porque es una zona muy llana, y tal vez porque se ha cortado el paso a más de una rambla. Por ejemplo, esta carretera, que comunica con la zona de El Raiguero, ha permanecido cerrada al tráfico durante una semana, y de hecho tuvo que ser vaciada de agua con ayuda de una excavadora. La causa -según los vecinos- es que la rambla de Lébor, que pasa al lado, desagua justamente aquí, entre los bancales. Se le ha cerrado el paso, y el agua SIEMPRE se abre camino...

En Cartagena tuvo que intervenir hasta el Ejército. La rambla del Albujón, en el límite entre la ciudad y Los Alcázares, empezó a subir a un ritmo de un metro por hora. En un momento dado, la rambla traza un codo. Sin duda se trata de un desvío artificial, ya que no es la primera vez que se desborda. La consecuencia inmediata fue la evacuación de una urbanización entera, cuyas casas quedaron de repente dentro de la rambla...


La zona de El Porvenir, en la pedanía lorquina de La Hoya, también se inunda por sistema cuando cae una tormenta. Es un área llana, al pie de unas colinas. Los vecinos se quejan de que muchas pequeñas ramblas desaguan directamente sobre el asfalto de la carretera...



En fin, compaginar Naturaleza y civilización siempre es un problema... mucho más en aquellas zonas, como nuestra costa mediterránea, en la que se ha querido someter a la Naturaleza a las exigencias de una urbanización demasiadas veces desmedida. Como siempre, las ventajas, en forma de millones, para los que se beneficiaron de la construcción exacerbada, y los inconvenientes, incluso la muerte, para todos los demás.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Pero hombre, juez Garzón

Pero hombre, juez Garzón. ¿Cómo se le ocurre tratar de procesar al general Franco? Con la cantidad de imbéciles que hay en este país, que siguen negando todo lo malo del Franquismo, el habernos metido en guerra, el haber destrozado España de arriba abajo, el habernos llenado de mierda mandando la División Azul a combatir al lado de Hitler, el haber llenado nuestros pueblos de fusilamientos, de violaciones, de represalias, de robos, de hambre, de paro, de emigrantes... ¿Es que no se ha dado cuenta de que, treinta y cuatro años después de la muerte del dictador -en su camita del palacio, y de vejez-, en el país que ensangrentó y oprimió sigue habiendo calles y avenidas destinadas a él y a sus secuaces?

Claro que mucha culpa de todo la tiene la ignorancia. No la del típico borrachín que presume de politono de Cara al sol en la barra del bar, sino de las nuevas generaciones, hijas de la indiferencia, del todo vale y del qué rápido pasa todo. Hay muchos treintañeros, casi todos con sus estudios universitarios a cuestas, que no saben a quién están mentando cuando dicen con total naturalidad que viven en la calle del general Aranda, o del doctor Albiñana. Pasó hace algunos años en una pedanía de Alicante que se llama Villafranqueza, que cuando el alcalde puso un rótulo debajo de la placa, explicando que el doctor José María Albiñana había fundado el Partido Nacionalista Español, de tendencia filonazi, los vecinos salieron a la calle en tropel, pidiendo que se le quitase la placa a semejante personaje. La verdad; no sé si se la habrán quitado, ya que en Alicante sigue habiendo un barrio que se llama Jose Antonio, y una plaza dedicada a la División Azul.

Todos deberíamos saber a quién estamos honrando cuando mantenemos el nombre de un determinado edificio o un espacio público. Y deberíamos negarnos en redondo a seguir rindiendo homenaje a quienes han practicado actitudes contrarias a los valores que hemos definido como supremos e inquebrantables. Durante la Guerra Civil, el general Juan Yagüe, al mando de sus tropas marroquíes, pasó ciudades como Mérida y Badajoz a sangre y fuego, perpetrando una matanza que despertó el horror de Europa. José Antonio Primo de Rivera, a quien algunos ponen ahora como adalid de la izquierda y de la sensibilidad obrera, defendió principios radicalmente contrarios a la democracia que entre todos tratamos de sacar adelante. Háblenle al falangismo de matrimonios civiles, de divorcio, de laicismo, de igualdad entre el hombre y la mujer, de interculturalidad, y verán lo poco que tarda en sacar la pistola. El general José Sanjurjo -héroe indiscutible de la campaña de Alhucemas- traicionó el 14 de abril de 1931 a su rey Alfonso XIII, diciéndole que la Guardia Civil -que él dirigía- no estaba dispuesta a defenderle para que siguiera en el trono; traicionó el 10 de agosto de 1932 al Gobierno de Manuel Azaña, con un golpe de Estado fallido que se conoce precisamente como Sanjurjada; y volvió a traicionar al Gobierno republicano el 18 de julio de 1936, poniéndose al frente, desde el exilio, de lo que luego se llamó Alzamiento Nacional. Si bien el día 20 murió en un accidente de avión provocado por su soberbia, ya que se empeñó en meter en su frágil avioneta un arcón en el que llevaba más medallas y uniformes que el proverbial baúl de la Piquer. José Millán Astray fue un psicópata que defendió la violencia como el único recurso para imponer las ideas propias, frente a enemigos tan peligrosos como el diálogo o el consenso, y luego creó una Legión completamente distinta a los caballeros -y damas- que en nuestra actual democracia se encargan de llevar la paz a los territorios asolados por la guerra. Agustín Muñoz Grandes y su División Azul combatieron codo con codo con las Waffen-SS en la II Guerra Mundial, a las órdenes de Hitler, defendiendo el III Reich y todo lo que ello acarreaba, incluyendo los campos de exterminio.

A todos estos impresentables homenajeó la dictadura del general Francisco Franco durante cuarenta años, y por eso en aquel período se les otorgaron calles, estatuas y placas conmemorativas, además de prebendas como la que permitió que en los años noventa, el ex general Milans del Bosch, el golpista del 23-F, otro héroe de la División Azul, fuera inhumado nada menos que en la cripta del alcázar de Toledo, un edificio público cuyos gastos pagamos ustedes y yo con nuestros impuestos. Y ahí está Milans del Bosch, enterrado con honores, porque en 1936 fue uno de los "defensores", es decir, de los delincuentes que se refugiaron en la fortaleza para que no les apresase el legítimo Gobierno de España. Vamos, los típicos atracadores que se meten en un banco, toman rehenes y responden a tiros a las órdenes de rendición de la policía. Claro que alguien me dirá que ellos lo hicieron por ideología. A la vista está, aquella ideología tan coherente que tuvo el Movimiento Nacional, donde los falangistas eran republicanos y nacionalsindicalistas pero contrarios a la II República y a los sindicatos, los carlistas defendían a don Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, digo a don Javier de Borbón Parma, digo a don Carlos VIII de Habsburgo, digo a don Carlos Hugo el socialista, digo a don Sixto Enrique el ultraderechista, digo a don Juan de Borbón y Battenberg, y muchos militares defendían a don Alfonso XIII, digo a don Juan, digo a don Juan Carlos, digo a don Alfonso Dampierre...

Claro que también hay mucho idiota que echa mano de los tópicos a la hora de defender lo indefendible, cayendo sin querer darse cuenta en el anacronismo. Resulta que con Franco no había delincuencia y se podían dejar abiertas las puertas de las casas, por la noche. Es evidente: en la España de los cuarenta y los cincuenta no había nada que robar. ¿Qué se iban a llevar los ladrones, las telarañas? Con el Franquismo había robos, asesinatos, violaciones y todas las obras de la maldad humana que nos han acompañado desde Caín y Abel. La violencia de género era una acompañante habitual para millones de mujeres, a quienes la Sección Femenina enseñaba que debían ser hacendosas y sumisas. El matrimonio era una lotería, el acto sexual una obligación -el débito conyugal-, y si además te tocaba un marido agresivo tenías que resignarte y someterte todavía más, como los perrillos que se pegan al suelo para que no los apaleen. Sin olvidar que, durante el Franquismo, el verdadero robo ya lo había hecho el Estado al desposeer de cargos y fondos a los enemigos del régimen, y a sus huérfanos. Aunque, claro, si no te metías en política, lograrías vivir bien. Que, traducido a hechos concretos, significaba que si renunciabas a decidir sobre el presente y el futuro de tu sociedad -o a opinar sobre ello-, si te sometías a las exigencias y rituales de la Iglesia aunque no fueras creyente, si renunciabas a la lengua propia de tu región, si tragabas todas las injusticias de tu puesto de trabajo, si reprimías tus impulsos homosexuales, tu amor por la persona con la que no estabas casado -o tu desamor por la persona con quien habías contraído matrimonio, tal vez para acallar una barriga delatora, fuente de injurias y rechazos-, si eras mujer y te resignabas a ser maestra, secretaria o enfermera... si te quedabas callado y quietecito, podías vivir algo parecido a la paz de los cementerios. Eso era vivir bien, y no lo que hacemos hoy en día por culpa de la maldita libertad.

Para todos los listos que andan buscando argumentos: con Franco tampoco había sida. Ni carteros comerciales. Ni spam. Ni ciberacoso. Ni películas de Steven Seagal. Ni Efecto 2000. Cualquier día haremos un catálogo con las cien cosas del siglo XXI que no teníamos con Franco. Iba a añadir que no había telebasura, hasta que me he acordado del No-Do con el Caudillo inaugurando pantanos, es decir, aplicando con treinta años de retraso la política hidrológica de Marcelino Domingo y la II República.

En fin. Que con todo este prodigio de lealtad, de ideología y de humanidad se ha ido a meter el juez Garzón. A quien algunos le reprochan que dejase al felipismo en la cuerda floja -tras haber sido engañado fugazmente por aquel gran encantador de serpientes- y otros no le perdonan que pusiera entre rejas, siquiera fugazmente, a Pinochet. Aquí tenemos yugos y flechas en las fachadas de los edificios, hay gente que vive en complejos que se llaman Francisco Franco, que ve nacer a sus hijos en el Hospital General Yagüe. A algunos les gusta y muerden cuando se les quiere quitar; a otros les repugna pero no se atreven a levantar la voz para exigir que les cambien el nombre; y otros simplemente pasan de todo.

Tal vez éste sea el problema: que los franquistas son militantes, y los demócratas ignorantes o apáticos. Por eso un magistrado va a tener que responder, como imputado, por haberse atrevido a decir que la dictadura del general Franco fue un verdadero genocidio; mejor dicho, un autogenocidio. Y por haber tratado de que las víctimas inocentes de los aliados de Hitler y Mussolini salieran de sus sepulturas anónimas en las cunetas de media España y recuperasen la dignidad que les fue arrebatada por haberse atrevido a defender la Libertad, la Justicia, la Igualdad y el Pluralismo Político, esto es, el contenido del artículo 1.1 de nuestra Constitución.

Imagínense que los Tribunales de la Alemania moderna se atreviesen a sentar en el banquillo a un magistrado que tratase de investigar las actuaciones de un general de las SS; o que los jueces sudafricanos hiciesen lo mismo con alguien que tratase de investigar en serio los crímenes y delitos de la etapa del apartheid. Eso es lo que va a pasar este mediodía en España, que un juez tendrá que responder por tratar de investigar si lo que hicieron los franquistas fue delito.

En fin, iba a decir que no dudo de que un tribunal de justicia de una democracia no puede imponer ningún tipo de sanción a un magistrado, por haber solicitado que se investigue si la dictadura franquista cometió algún tipo de ilegalidad. Pero, viendo las últimas resoluciones de los jueces, mucho me temo, querido y respetado juez Garzón, que tendremos que llevarle un bocata con lima. A Carabanchel.

Por cierto, y para aquéllos a quienes gusta ver humillados a sus adversarios, les diré que don Baltasar Garzón no se sentará en el banquillo, ya que en España los jueces y abogados, si visten la toga, tienen el privilegio de evitar el banco de los acusados y tomar asiento en el estrado, al lado de sus abogados defensores. Aunque no me extrañaría que el Tribunal Supremo echase mano de una ley del año 1943 privando de este derecho a los demócratas de mierda.

lunes, 31 de agosto de 2009

¿Velocidad... la justa?

Bueno, pues éstas son las consecuencias de un impacto entre dos camiones en una cuesta arriba. Se ha producido hoy a primera hora de la tarde, en una de las autovías murcianas. Los restos que hay esparcidos pertenecen a una caravana de feriantes, que subía remolcada por un camión antiguo, parece ser que a muy poca velocidad. El accidente se ha producido en una recta, cuando otro camión se ha empotrado por atrás y ha atravesado literalmente la caravana. Por suerte no ha habido muertos, sólo un herido leve.






El camión del fondo es el que ha pasado por encima


Ahora habrá que ver los tacógrafos; en principio parece que el camión que transportaba la caravana iba muy lento, algo que no está prohibido, más si circulaba por un carril de vehículos lentos; sin embargo, es una pena que no se impida ir arrastrándose por las carreteras, porque muchas veces aunque sólo vayas a 80 ó 90 puedes encontrarte un verdadero muro ocupando tu carril. En cuanto al otro camión... no sé a qué velocidad podría ir, pero ir en una recta con varios kilómetros de visibilidad, con tres carriles, en plena subida, y conseguir atravesar un remolque, por muy lento que fuera... eso no se consigue yendo a 90 por hora.

Este camión ha pasado por encima de la caravana


sábado, 29 de agosto de 2009

Cela, Segovia y Zapatero

Por supuesto, cuando era más joven leí La colmena unas cuantas veces. Yo he sido siempre amigo de releer, porque en un libro no me interesa tanto el final como el recorrido. He rabiado más de diez veces viendo cómo apaleaban a los Churruchaos, he visto quemar la abadía que acogió a Guillermo de Baskerville en media docena de ocasiones, me he preguntado otras tantas adónde irán en invierno los patos del estanque de Central Park... y he paseado por el café de doña Rosa en innumerables ocasiones, pero siempre de prestado. Y es que, cuando me emancipé, me traje conmigo buena parte de la biblioteca que mis padres me habían ido comprando, pero no pude llevarme La colmena, porque el ejemplar que había por casa pertenece a una colección de cien novelas -las Joyas Ejemplares de la Literatura Universal, o algo semejante-, que mis padres fueron reuniendo con esfuerzo, quitándose a lo mejor algún capricho, para que sus hijos tuvieran la cultura al alcance de la mano. Y no es cuestión de mellar la colección. Misión cumplida, lo digo con orgullo de hijo, porque el amor por los libros es algo que me ha acompañado siempre y no me abandonará jamás. Por eso me dolía no tener en mi propio hogar un ejemplar del libro. Bueno, pues este verano mi mujer y yo pasamos unos días en Madrid, en casa de mi suegra, aprovechando que ella estaba de vacaciones en la provincia de Lugo, y en uno de nuestros paseos vespertinos nos acercamos a la Cuesta de Moyano, uno de los lugares más acogedores de Madrid, sede permanente de una exposición de libros de todo pelaje. Allí, en el cajón de los saldos, a euro, había un ejemplar de La colmena con las cubiertas gastadas, las hojas amarillentas, el nombre de una tal Ana María en la primera página, con el año 1979 ribeteado de rojo, que se vino de inmediato con nosotros.

En fin, que estoy releyendo La colmena y me he embebido del ambiente de la España de la postguerra. El hambre, el estraperlo, las represalias, los lutos, y todo lo que supuso la pérdida de la democracia y del modesto progreso que supuso la II República. Y cómo no, la tuberculosis. Ahora me vienen a la mente aquellos sellos de los primeros tiempos del Franquismo, preciosos si hacemos abstracción de su contenido: los sellos Pro Tuberculosos, con su cruz de Lorena estampada en rojo sobre fondos de enfermeras, aviones o campanas. Mi abuelo Antonio también supo transmitirme el amor por la historia, la geografía y la pintura de la mano de los sellos de correos que él coleccionaba desde niño -les hablo de la regencia de María Cristina-, y que todos los veranos compartía conmigo, encantado por el hecho de que su nieto mayor, que además llevaba su nombre, también le hubiera salido filatélico. En otra de sus novelas leíbles, Pabellón de infantes, Camilo José Cela narró el día a día de un grupo de aquellos enfermos sentenciados a una larguísima condena que la mayor parte de las veces concluía con una muerte. La tuberculosis, que golpeaba preferentemente a las lánguidas doncellas de las ciudades provincianas, o a los poetas insomnes de espíritu quebrantado y estómago vacío. La enfermedad es una visitante asidua del café de doña Rosa, la abeja reina gorda y cruel en torno a la que giran los trescientos personajes de La colmena. Por eso me he puesto a reflexionar sobre ella, y pensando en la tisis he terminado en Segovia.



Sanatorio antituberculoso de Aigües
(Alicante), hoy abandonado




Segovia es una ciudad que yo sólo he visitado en un par de ocasiones, para quedarme extasiado por su acueducto y su alcázar. También recuerdo la catedral, una iglesia -¿templaria?- que se ve desde uno de los ventanales del alcázar, y unas morcillas que nos comimos en un restaurante; poco más. Pero quiero sacar Segovia a colación, porque hace mucho tiempo que la pongo como ejemplo de los errores donde nos puede llevar el sacar conclusiones precipitadas. Recuerden que en este titular también menciono a Zapatero; pronto llegaremos a él.

La historia que recuerdo -con alfileres- afirmaba que el clima de Segovia era muy malo para los tuberculosos, porque aquella provincia tenía la tasa de mortandad por la tisis más elevada de España. Luego daba cifras espeluznantes; resulta que en Segovia se moría por la tuberculosis diez o veinte veces más gente que en el resto del país, por lo que uno llegaba a la conclusión de que para combatir el mal, lo mejor era alejarse lo más posible de aquel clima seco y frío. De hecho, ahora me viene a la cabeza que eso fue, precisamente, lo que Pío Baroja forzó a hacer a uno de los hermanos de Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la Ciencia. Don Pío cogió al chiquillo -leo en la Wikipedia que se llamaba Luisito- e hizo que Andrés se lo llevase a una casita de la huerta valenciana, al tópico más alejado de la ciudad de Segovia que pudo encontrar. No seré yo quien contradiga a don Pío, que al fin y al cabo tenía estudios de Medicina, pero al final, a pesar del clima mediterráneo, el niño Luisito murió. Tal vez yendo a Segovia habría tenido más suerte. Y es que la alarmante tasa de mortandad que tenía esta provincia se debía, precisamente, al gran número de tísicos que iban a curarse a los numerosos sanatorios antituberculosos de las montañas segovianas, atraídos por el ambiente frío y seco que era el mejor aliado contra la enfermedad. Es decir, que por ser una de las zonas más saludables, hasta allí se trasladaban los tuberculosos que se lo podían permitir. Y los que no, también, que también había sanatorios para pobres. Colgarle a la pobre Segovia el sambenito de tumba de tuberculosos, es tan injusto como decir que el hospital "Rafael Méndez" es el lugar más peligroso de toda Lorca, porque es allí donde se firma el mayor número de defunciones. Y todo esto me lleva a nuestro presidente Zapatero, al que la derecha pretende echar la culpa del fracaso de una política y una economía suicidas, iniciadas por otros, y que tal vez como rechazo le han llevado a él al poder.

A los políticos del Partido Popular se les llena la boca repitiendo que de cada diez parados de la Unión Europea, siete, ocho, once son españoles. Y que mientras otros países ya han salido de la crisis, a nosotros todavía nos queda mucho para levantar cabeza. Verán; los que nos consideramos de izquierdas hace muchísimo tiempo que estábamos diciendo que el modelo neoliberal iba a provocar una crisis gordísima. Y, si les parece, vamos a volver a un libro, una obra de un escritor tan mitificado en mi tierra valenciana, como nada leído: Gabriel Miró. Años y leguas traza un paisaje idílico de la costa alicantina, por la zona de Altea, Calpe, Benidorm, Finestrat. Bancales con almendros, infinitos campos de naranjos, chumberas, granados, algarrobos, nispereros... casetas con el burro, las ovejas y las gallinas. La novela se desarrolla en las primeras décadas del siglo XX, y dibuja un escenario absolutamente distinto del que hemos conocido quienes hemos recorrido esas mismas costas dos o tres generaciones después.


Madrid, junto a la plaza de Castilla.
Urbanismo de dimensiones extraterrestres



En los años setenta yo era un niño que se bañaba en Benidorm, en San Juan o en la alicantina playa del Postiguet, en unos arenales donde a las cinco de la tarde ya te tapaba la sombra de los rascacielos. He visto bancales resecos, rotos aquí y allá por una carretera o un vertedero, acequias llenas de basura, árboles polvorientos sepultados en escombros, casetas sin tejado, con las ventanas rotas, apestando a orines. Hasta hace un par de generaciones, en Levante teníamos huerta -algo que aquí, en Murcia, por lo menos se ha sabido preservar-, y en cada pueblo de mediano tamaño había media docena de empresas que daban trabajo a toda la comarca: calzado de Elche o de Elda, alfombras de Crevillente, juguetes de Ibi, pasas de Denia, tomates de San Juan o de donde los cabestros -me perdonarán que no mencione al pueblo rival del mío-... lonjas como Campello, Santa Pola, Villajoyosa o Denia capaces de abastecer de pescado a media España. Pues bien, todo eso se lo llevó por delante el boom de la construcción. El cargarse el litoral, que era de todos, es decir, de nadie, y por lo tanto terreno abonado para el pelotazo.


Costa de Águilas, en la zona de El Hornillo



Eran aquellos tiempos en que los listos neoliberales -todos los liberales han sido siempre muy listos-, te decían, con displicencia, que quien a los veinte años no era de izquierdas es porque no tenía corazón, pero quien a los cuarenta seguía siendo de izquierdas es porque era idiota, y luego añadían: "¡Es la economía, estúpido!", un grito de guerra que venía a decir que el fin justificaba los medios, y que el único fin, por supuesto, era hacer pasta. Cogíamos los bancales y las huertas y recalificábamos, venga rascacielos, venga promociones de cien, quinientos, dos mil adosados, con un nombrecito evocador, cómo no, estilo "Los Naranjos de la Huerta" o "El Vergel de las Colinas", para que nos creyésemos que aquellas atrocidades de cemento eran una faceta más, la única posible, de la Naturaleza. Cualquier obrerete con su contrato indefinido, es decir, precario, se endeudaba a cuarenta o cincuenta años por un adosado o un piso quince en octava línea de playa, todos los alcaldes metían la piqueta en los bosques, echaban abajo casas con uno o dos siglos de historia, y convertían sus pueblos en Benidorm. Los hijos de los pescadores, de los zapateros, de los fabricantes de alfombras, de los alfareros, de los campesinos, se hacían camareros o albañiles y antes de los veinte años tenían un BMW a pagar en cien mil cómodos plazos. Por otro lado estaban las víctimas de la titulitis, aquéllos que sólo querían sacarse una carrera, la que fuera, para no quedarse con el "cutre" título de la Formación Profesional, y que ahora, a punto de llegar a los treinta años, siguen ocupando la habitación de cuando eran niños, en la casa de sus padres, pensando, como mucho, en sacarse una oposición.



Costas e interior de Bolnuevo (Mazarrón)



Poco a poco el liberalismo nos fue encenagando en la codicia y nos llevó a despreciar las formas tradicionales de vida. El principio era fácil: se compraba un terreno rústico, se esperaba a la recalificación, y se construían pisos que luego se vendían a treinta, cuarenta, sesenta millones de pesetas. Había gente que compraba un segundo piso antes de tener pagado el primero; éste luego se alquilaba a otra familia, que era la que te pagaba la hipoteca. Y así íbamos poniendo todos los huevos en la misma cesta, apostando por el ladrillo y nada más que el ladrillo, cargándonos de paso el litoral, perpetrando las aberraciones que se ven desde la costa andaluza hasta la catalana. Gobernasen los socialistas, los populares o los de Convergència i Unió, en el fondo el modelo era el mismo, el liberalismo, el sálvese quien pueda, el hacer dinero fácil a cualquier precio.



Urbanización "sostenible" en Camposol, Mazarrón.
Al borde del abismo.


Hasta que en los lejanos Estados Unidos, nuestro modelo económico, filosófico, cultural e ideológico, el liberalismo salvaje, sin el control del Estado, provocó que un centenar de mangantes hicieran saltar la banca. Todo cayó en cadena. El trabajador que estaba alquilado en tu piso dejó de pagarte el alquiler, por lo que tú no pudiste pagar la hipoteca del adosado. La empresa a la que sucesivos Gobiernos permitieron abaratar el despido se fijó en ti, y en doscientos como tú, y liberalizó, y flexibilizó. Es decir, te echó a la calle dándote cuatro perras para contratar a un becario, o para quedarse con treinta tíos en el lugar en el que antes podíais comer tres mil, o para llevarse las máquinas a Marruecos o a Polonia, donde se pueden pagar sueldos de miseria.

Entonces empezamos a acordarnos del Estado y le pedimos que nos protegiera, pero desde el Gobierno nos dijeron que el libre mercado impide decirle al empresario que no eche a la calle a cinco mil trabajadores; que la Constitución Europea, votada con emoción por la mayoría de españoles, significa que el precio del dinero, los intereses de las hipotecas, y todos los valores económicos, ya no se deciden en las Cortes Generales, sino en un despacho de Bruselas. Los turistas dejaron de veranear en la costa mediterránea porque nos la hemos cargado por completo, y ahora nuestros hijos albañiles no encuentran trabajo en las obras, y nuestros hijos camareros ven cómo los chiringuitos están vacíos un sábado de verano a las dos de la tarde. Y ya no pueden emplearse en la fábrica de alfombras o de juguetes del padre, o en la explotación de naranjas o de tomates, porque todas ellas tuvieron que echar el cierre a causa de los productos chinos o marroquíes que entran sin control, como dispone el libre mercado. Tampoco se pueden dedicar al campo o a la granja, porque ahora hay una urbanización llamada "Las Praderas de Heidy", la mitad de cuyos pisos van a ser propiedad de los bancos de aquí a nada. Bancos a quienes tampoco se puede exigir que ayuden a la pequeña y mediana empresa, que no le nieguen tres mil euros a un comerciante, porque nuestro liberalismo ha sido tan tonto que tampoco ha cuidado a los autónomos y a los que han arriesgado su pequeño capital.

Y todo esto le ha pillado a Zapatero de Presidente, para satisfacción de la derecha, que así le puede echar la culpa al actual Gobierno de un modelo que llevaba décadas aplicándose, y que precisamente ellos ayudaron a desarrollar en gran medida. Y ahora lo único que cabe hacer es volver a posiciones medianamente de izquierdas, tratar de recuperar lo que podamos del sector público, y asumir que el Estado no es una entidad malvada que nos quiere impedir nuestra legítima aspiración de hacernos millonarios a toda costa, sino una herramienta de moderación emanada de nuestra voluntad. Al Jefe del Gobierno lo elegimos nosotros, al presidente del Banco Central Europeo, o del Fondo Monetario Internacional, no.





Parador de Turismo de Lorca,
tapando la torre erigida por Alfonso X el Sabio

Éste es el modelo liberal, eso es lo que la derecha lleva años defendiendo, lo que logró imponerse al final, por culpa del complejo que le entró a buena parte de la izquierda tras el desmantelamiento del bloque soviético: el modelo que decía que el mercado se regularía por sí solo, y que había que acabar cuanto antes con el control del Estado. Vale, el Estado perdió el control y todo se ha descontrolado. Si ocho de cada diez parados de Europa son españoles, es porque en España, ocho de cada diez negocios estaban relacionados con la especulación neoliberal. Volviendo a la novela con la que empezaba este artículo, hemos sido una colmena en la que todos hemos querido ser la abeja reina. Ahora, a llorarle a papá Estado, y a pedirle a Zapatero que intervenga, que modere y que tome las riendas de la economía. Vamos, que haga lo que pueda, que será lo poco que le dejen hacer los tratados internacionales, las normas de la libre competencia y todas esas mentiras con las que los ricos de verdad nos han dejado a los currantes con el culo al aire. Es lo que todos hemos venido votando en los últimos años. Así que ahora no le echemos la culpa de la tisis a la provincia de Segovia.


Los daños colaterales: 48º en el interior de un coche

Al final resultó que el liberalismo no era la panacea