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domingo, 16 de agosto de 2009

El material del que están hechos los sueños (y V)

Nunca olvidaré el día en que murió Robert Mitchum, porque fue una fecha muy alegre para todos los españoles...

He puesto esta frase aposta, porque me ha venido rodada, pero tengo la obligación de explicarla. Ya se podrán imaginar que el pobre Robert Mitchum no le hizo ningún daño a nuestro país. Sencillamente, el día de su muerte yo estaba en Valladolid, pasando el día con una amiga, hablando de la devolución de la colonia de Hong Kong a la China, después de muchos siglos de ocupación británica. Aquel día histórico para los ingleses tardó pocas horas en convertirse en histórico para los propios españoles: antes del mediodía, al meternos en un bar para picar algo, la programación de la tele se interrumpió, y un especial informativo nos dijo que la Guardia Civil acababa de liberar al funcionario de Prisiones José Antonio Ortega Lara, después de pasarse 532 días, desde el mes de enero de 1996, en un zulo de menos de tres metros cuadrados. En el bar hubo aplausos, sonrisas, apretones de mano entre los clientes y algunas voces, a las que sumé la mía, exigiendo la pena de muerte para aquellas bestias con forma de hombre que habían llevado a un trabajador a semejante estado. Por eso decía antes que el día en que murió Robert Mitchum fue un día muy feliz, pero no precisamente por ese motivo. A Mitchum le hemos visto en páginas anteriores en pleno Desembarco de Normandía. De él se cuenta que cierto director novel trató un día de explicarle cómo tenía que interpretar su papel, a lo que el veterano actor le respondió: Joven, a mí hay dos maneras de sacarme en pantalla: del lado derecho, y del lado izquierdo.

Con el permiso de Bogart, y de John Wayne, a quien hemos liquidado enentregas anteriores, estamos dejando a los tipos duros para el final. Porque ahí aparece Lee Marvin, con barba de seis días, sucio, llevando un sombrero roñoso y cantando I was born under a wondering star por las calles de la Ciudad Sin Nombre, la primera película suya que tuve ocasión de ver, que emitió Televisión Española como homenaje el día de su muerte, allá por el lejano 1987. Una película que contenía varios mensajes sorprendentes: el primero, el hecho de que Lee Marvin aceptase que su chica acabase en brazos del Socio, que era el nombre que le daban al gallito interpretado por Clint Eastwood. El segundo, que los máximos dirigentes de la Ciudad Sin Nombre se dejasen seducir por la promesa -disfrazada de lamento- de los protagonistas, de que su pueblo se iba a convertir en una pequeña metrópolis a la que empezarían a llegar más y más buscadores de oro, comerciantes, prostitutas, predicadores, aventureros, campesinos... ¡con lo bien que estaban allí, entre las montañas! ¿Para qué convertir un pequeño paraíso en un gran infierno? En fin, que, como se ve, la pasión por el ladrillo no la hemos inventado los españoles.

Otra película emblemática de Lee Marvin: Doce del patíbulo. Buena película, con la que en los años ochenta se hizo, si no recuerdo mal, una miniserie de televisión, también bastante entretenida, aunque a mí me sigue gustando mucho más la novela de E. M. Nathanson. No recuerdo en la película, pero en la serie, a uno de los soldados asesinos, que se llamaba Victor Franko, le cambiaron el apellido por Frankie, para no herir susceptibilidades. En la película, Marvin estaba acompañado por un verdadero pelotón de tipos duros, como Charles Bronson, Ernest Borgnine, Donald Sutherland o Telly Savalas.

Estos dos últimos protagonizan una de mis películas favoritas, Los violentos de Kelly, también ambientada en la II Guerra Mundial. Al igual que en Doce del patíbulo, aquí también se narra la historia de un grupo de soldados que cruzan el frente y se internan en las líneas enemigas, aunque con intenciones bien diferentes a las del grupo de ex presidiarios. El espectador se ve seducido por la presencia imponente de Clint Eastwood, Telly Savallas y de un Donald Sutherland que borda el papel de granuja medio loco, no se sabe si por la fatiga de combate o porque de pequeño ya era así. Viendo otros trabajos del actor, nos inclinamos a pensar esto último. Un grandísimo intérprete, sea en clave de comedia o cuando hace de malvado. Ahí está Fallen, con Denzel Washington, en la que un detective se enfrenta a un demonio -de los auténticos, con cuernos y rabo- que se va escapando, pasando de una persona a otra sólo con el roce de una mano. Hay una escena inolvidable en la que Washington y el diablo están en medio de la muchedumbre, y el demonio cada vez le habla desde una persona diferente.

Clint Eastwood ya es un actor más cercano a las nuevas generaciones. No sé si recordarán que el objetivo declarado de esta serie de artículos era quejarme del desconocimiento de muchos jóvenes acerca de los actores y las películas que hicieron nuestra vida más rica, y aportar mi modesto granito de arena. Pero Eastwood no necesita que lo presentemos en las aulas de Secundaria o en las zonas de marcha. De eso se encargan dos de sus arquetipos: el vaquero rubio del spaghetti western, y el policía sucio e implacable de las calles de San Francisco. Unas películas que ya tienen más de veinte años, lo que no les ha impedido estar en cabeza de las descargas, pagadas, de Internet.

El bueno, el feo y el malo debería de estudiarse en las escuelas de Cine. Y se estará estudiando, me imagino. La secuencia de Tuco -Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, por favor- dando vueltas desesperado en busca de la tumba de Arch Stenton... y el duelo entre el trío de vaqueros, con la aparición inesperada de la musiquilla del reloj que nos recuerda a la primera película de la serie, La muerte tenía un precio. La peli lo tiene todo, empezando por unos actores de bandera: Eastwood, que al final demuestra que se merece el apodo de "el bueno"; Eli Wallach, "el feo", a quien podían haber apodado con la misma propiedad "el blasfemo", "el gafe" o "el marrano"... y Lee van Cleef, el malo más malo del mundo. Impagable el saludo que le dirige Tuco cuando se lo encuentra de oficial en un campamento de prisioneros sudistas: ¡Cuánto me alegro de verte! Cuando te vi aparecer, me dije: "Mira a ese puerco de Sentencia, ¡cómo ha sabido subir!"...

Parecía que esta serie de artículos iba a acabarse con los tipos duros, pero no me resisto a comentar un cotilleo, que por más que sea falso ya ha pasado a la leyenda del cine, y que nos permitirá cambiar de tercio con una sonrisa: y es que siempre se ha dicho que Clint Eastwood era hijo ilegítimo de Stan Laurel, es decir, de el flaco de El Gordo y el Flaco, en la inevitable perífrasis. Por cierto, que, si se fijan, ya casi nadie emplea la palabra "flaco", ahora preferimos decir "delgado", un término que no tiene la flaquísima connotación peyorativa que se puede detectar en su sinónimo. La primera vez que escuché aquello de que Clint Eastwood pudiera ser hijo ilegítimo del Flaco rechacé aquella insensatez con un gesto de mi cabeza infantil: no me imaginaba ni al Gordo ni al Flaco haciendo el amor; era tan descabellado como imaginarme que mis padres pudieran saber lo que era el sexo. Después, con el paso de los años, he continuado con mi negativa, pero con un argumento más sólido: quien de verdad se le parece al Flaco no es Clint Eastwood, es Dick van Dyke...

A mi abuela Pepucha le gustaba mucho Clint Eastwood. No sólo como vaquero, también como policía implacable. En mi casa, ver una película de Harry el Sucio era una vergüenza, porque mi hermano David ponía la tele a todo volumen, para que se escuchasen bien las barbaridades de Callahan, o del sargento Highway. Cuanto más blasfemaba aquel animal, más se reía mi pobre abuela, que era de misa diaria. La magia del cine.

Por cierto, que mi hermano y yo tardamos mucho en darnos cuenta de cuál era el actor al que se refería mi abuela, porque ella siempre le llamó Clin Estabú. Creo que es una constante de los ancianos, porque ya se ha convertido en un lugar común decir aquello de "Michael Daglas, el hijo de Kirk Duglas". Claro, en los tiempos del padre nadie sabía pronunciar el apellido. Recuerdos de otros tiempos en los que la lengua inglesa no ocupaba el lugar que ocupa hoy día, gracias a la tecnología e Internet. Un síntoma de cómo ha ganado terreno el inglés es que, en los albores del cine, se castellanizaban incluso los nombres de los actores. Stan Laurel y Oliver Hardy eran el Gordo y el Flaco, Charles Chaplin era Charlot, Buster Keaton era -vaya a saber por qué- Pamplinas... Posteriormente se respetaron los nombres en su forma original -imagínense Federico Astaire, Gracia Kelly, Humberto Bogart-, limitando la traducción a los títulos de las películas... y, desde hace más o menos diez años, se optó por mantener dichos títulos en su forma original, lo que, por otro lado, supuso un ahorro importante en marketing y cartelería. Hoy nos metemos en el cine a ver Matrix, Twister, American Pie, Final Phantasy... títulos que, muchas veces, no sabemos con certeza lo que nos quieren decir, pero que, francamente, nos importa un bledo.

He mencionado a los Douglas. De Kirk Douglas, cómo no: Espartaco, sobre uno de los héroes universales de todos los tiempos, el esclavo valiente que se atrevió a poner de rodillas a los amos del mundo. También le recuerdo haciendo de Van Gogh en El loco del pelo rojo. Un western con una banda sonora inolvidable, Duelo de titanes, con su Gunfight at O.K. Corral. Y sus piruetas, verdaderos pasos de baile... De Michael Douglas también podríamos hablar. Y de su mujer, Catherine Zeta-Jones, capaz de dejar a cualquiera sin palabras. Pero estaba recordando el cine de mi infancia...

En fin. No quiero marcharme sin hablar de los genios del humor. Charlie Chaplin, el Gordo y el Flaco... Buster Keaton, protagonista de una obra maestra, El maquinista de la General. Película que, en su tiempo, supuso un alarde de ingenio. Máquinas de tren que chocan, se cruzan y adelantan... con Buster Keaton saltando de vagón en vagón, haciendo carambolas con un tablón, arriesgándose a caerse delante de la máquina. Hace muchos años vi un documental en el que una viejecita recordaba el tinglado que se organizó en su pueblo cuando se rodaba la película. Para la escena en la que las locomotoras atraviesan un barranco por cuyo fondo corre un río, se construyó ex profeso un puente de madera, que luego se hizo arder por exigencias del guión. La anciana recordaba cómo la máquina de tren se precipitó por el barranco, soltando un silbido tremendo, hasta hundirse en el río. Sin maquetas ni efectos especiales.

Comenzaba esta larguísima serie de artículos, que espero me habrán sabido perdonar, contándoles que mi mujer había descubierto a Audrey Hepburn. Para cerrar el ciclo, les quiero hablar de otro de sus descubrimientos: hace unos meses, me oyó murmurar no sé qué de la parte contratante de la primera parte, me preguntó qué era ese trabalenguas, la remití al Youtube... y de esta forma entraron en su vida los Hermanos Marx. Por cierto, quiero aprovechar para desmentir lo del epitafio de Groucho. En la tumba del genial humorista no habría espacio ni siquiera para un Perdonen que no me levante. Groucho Marx fue incinerado, y sus cenizas pasan completamente desapercibidas, en un cementerio de no recuerdo dónde, detrás de una pequeña placa de lata con la estrella de David, su nombre y dos fechas. Cuando vi la foto, me recordó a ese panel con apartados de correos que hay en la oficina de la avenida Juan Carlos de Lorca, dicho con el debido respeto a los difuntos. En fin, en cualquier caso somos nosotros los que debemos levantarnos al paso de Groucho, Harpo y Chico, y de aquella mujerona tan ingenua como tierna que se llamó Margaret Dumont.

En fin; no les molesto más. Con estos artículos no sólo he querido entretenerles, sino, sobre todo, hacerles recordar las películas que abrieron nuestras mentes. Algunas nos llevaron a escenarios lejanos, interesantes, hermosos, exóticos... otras nos enseñaron a conocer a las personas, para lo bueno y para lo malo. Gangsters malvados, nazis demoníacos -valga la redundancia-, sheriffs valientes, mujeres sacrificadas o fatales, amigos para siempre... todas, gracias al arte de dos o tres docenas de profesionales, cada uno con sus propias circunstancias, su estilo y la misma ilusión por vivir otras vidas, y por hacérnoslas vivir a nosotros. Sus estrellas no se limitan a esos azulejos kitschs del Paseo de la Fama; tampoco hay que buscarlas arriba, en el firmamento. Las estrellas de Hollywood brillan en la memoria de cada cual, son esas chispitas que se encienden en lo más profundo de nuestro cerebro y que nos hacen reír, emocionarnos o estremecernos de miedo o de pasión, cada vez que recordamos una película, o tan siquiera una secuencia. En homenaje a todos ellos he querido compartir mis propios recuerdos con ustedes. Espero haber despertado algún recuerdo agradable en los lectores más veteranos; y ojalá que algún lector joven se haya quedado con la curiosidad de saber más, de bajarse o alquilar alguna película de ese tal Bogart, aquella Grace Kelly, ese James Stewart o aquella actriz tan refinada para la que el colmo de la tranquilidad era irse a desayunar a Tiffany's y dejar que le regalasen una sortija de las que vienen en las bolsas de patatas.

The End

viernes, 7 de agosto de 2009

Siempre pasan cosas


Una de las cosas que me convierten en un apasionado de mi trabajo, es que, como decía un amigo mío, "siempre pasan cosas". Hay días más aburridos, pesados, interminables... pero hay veces, como hoy, en que empiezas a las 8 de la mañana, acabas a las 7 de la tarde y te lo has pasado de maravilla.

A eso de las 9 de la mañana, el cámara y yo nos hemos ido a uno de los puertos de Águilas y nos hemos montado en el yate de una ONG. No se trata de una burla, ni de un cachondeo: hay un empresario que le ha cedido parte de su flota de aviones y barcos a una ONG, para que ésta comercialice paseos de lujo a un precio muy inferior. Los beneficios recaudados se destinan a ayudar a niños de Oriente Medio.

A mí también me ha parecido un poco extraño; sin embargo, ha servido para pasar una horita navegando por la bahía de Águilas, algo que siempre se agradece, a pesar de las aberraciones urbanísticas.


Después hemos ido a la perrera, situada en lo alto del monte, y hemos pasado un rato rodeados de cachorros. Por desgracia no he podido meterme en la jaula de los gatos, porque el cámara les tiene muchísima alergia, y no he querido fastidiarle.

Ya nos íbamos a la tele, cuando hemos visto un accidente increíble, de los más vistosos que he grabado últimamente, aunque por suerte no ha habido víctimas mortales. Parece ser que a un camión que circulaba por la autovía se le ha reventado una rueda; el camionero ha perdido el control, se ha estrellado contra un coche que le estaba adelantando, se ha ido contra la mediana de hormigón y ha seguido derrapando hasta tropezar con la pata de uno de los pórticos de señalización, los que ponen mensajes luminosos de lluvia, niebla, prohibido fumar... y demás. El golpe ha sido tan fuerte, que ha tirado al suelo el pórtico y ha cortado por completo uno de los sentidos de la autovía.

De inmediato han aparecido los servicios sanitarios, Bomberos, Guardia Civil... los Bomberos han atado una de las patas del pórtico a la trasera de un furgón y han conseguido reabrir el tráfico, dejando un carril libre. Impresionante.

Todo este follón me ha hecho comerme una hamburguesa de emergencia en un Burger; allí he quedado con Xara... y con el cámara de la tarde -hay días en que quemo a tres, me mandan uno por la mañana, otro por la tarde y otro para la noche-. Con él hemos vuelto a Águilas -digo "hemos", porque Xara y la barrigota se han venido con nosotros-; ahora, para entrevistar a una sueca morena y pecosa que se llama Noomi Rapace, que se está haciendo famosa en todo el mundo porque es la actriz que está interpretando a la protagonista de "Millenium", la trilogía de Stieg Larsson (ya sabéis, Los hombres que no amaban a las mujeres, y demás). Por supuesto, Xara se ha traído el tercer libro de la saga, y ha conseguido un autógrafo, unas fotos y aparecer en el informativo de la tarde junto a su querida Lisbeth Salander. Que, por cierto, es morena y pecosa porque su padre era un cantaor extremeño muy vinculado a Águilas.

En fin, un día completo. Ahora, a descansar, y mañana al pueblo, a ver a mi Madre y a un par de amigotes simpáticos.

miércoles, 29 de julio de 2009

El material del que están hechos los sueños (IV)

De John Wayne no voy a contarles nada que ustedes no sepan. Como vaquero, como sheriff, como militar... Me acuerdo especialmente de aquélla del lazo amarillo de la Caballería, con su canción, She wore a yellow ribbon, que en España se llamó La legión invencible. También le recuerdo desempeñando otro oficio bastante alejado de los campos de batalla y las arenas del desierto: el de buzo, con aquella escena del final en la que a Wayne se le llenaba la escafandra de agua... una secuencia claustrofóbica. Después de mucho rebuscar, he dado con el nombre del film: La venganza de la bruja roja, un título un tanto sensacionalista que tiene su parte de gracia, dado que el Duque era un anticomunista furibundo.

Pero me van a permitir que deje atrás al Séptimo de Caballería, a las diligencias e incluso a Moss, con su mecedora, y cruce el Charco para ver a Wayne convertido en un hombre tranquilo, un ex boxeador con ganas de encontrar arraigo en algún lado, preferiblemente en las faldas de Maureen O'Hara. No sé qué habría dado por haber enamorado a aquella fuerza de la Naturaleza en cuyo nombre ya se aprecian, entremezcladas, la dureza y la feminidad: ese delicado Maureen seguido de un O'Hara que parecen dos tiros de pistola. Hasta habría recibido con gusto al patán de Victor McLaglen, al que, por cierto, también recuerdo en La legión invencible, y me habría ido a la taberna a cantar el Colonial boy, aunque sin mezclarme con la gentuza del IRA. El hombre tranquilo es otra de las vidas en las que me gustaría reencarnarme. A mí, y a buena parte de los espectadores, ya que sin duda John Ford quiso consolar un poco a una sociedad demasiado castigada tras la II Guerra Mundial. La primera vez que vi El hombre tranquilo fue una Navidad, en casa de mis abuelos. Y la vi en tensión, temiendo que en cualquier momento le pudiera pasar algo al protagonista. Todo era demasiado bonito. Pero, como ya dije, John Ford sabía cómo tratar a su público.

Me quedo unos minutos reflexionando, buscando el camino a Innisfree, y veo pasar a Dorothy con sus zapatitos, cantando aquello de The wonderful wizard of Oz. De El mago de Oz, algo que siempre me extrañó es la relevancia que se le da a una persona que no aparece en la trama porque acaba de morir. Les parecerá una tontería, pero la Malvada Bruja del Este me recuerda vagamente a Harry Lime, aunque en buena. La tercera bruja. A Dorothy la interpretó Judy Garland, a quienes los expertos asocian con dos fenómenos típicos de nuestro tiempo, a pesar de que la actriz murió a finales de los años sesenta: la anorexia y el orgullo gay.

Quería abstraerme escuchando su Over the rainbow, cuando de repente me asalta la presencia mucho más carnal de su hija, Liza Minelli, cantando Cabaret. La película, les voy a confesar que no la he visto. Pero valga para este artículo la actuación que vi el invierno pasado, con mi mujer, en uno de los teatros del Paralelo, en Barcelona. Otra de las bendiciones de Internet, Youtube, me está permitiendo escuchar otra de las canciones emblemáticas de la película, mientras escribo estas líneas: Money. Les voy a dejar durante unos segundos, porque la coreografía merece la pena...

Y después de las Minelli, madre e hija, aparece Julie Andrews. Por desgracia, la Mary Poppins que aparecía colgada de su paraguas, ordenaba las habitaciones y bailaba entre las chimeneas con Dick van Dyke ha sido reemplazada por la Shery Bobbins de Los Simpson. Pero aún quedan algunos fragmentos que no han sido colonizados por el humor irreverente de la familia Simpson. Por ejemplo, aquél que durante mucho tiempo consideré el mejor chiste de mi vida:

- Conozco un hombre con una pierna de palo que se llama Smith.
- Y, ¿cómo se llama la otra pierna?

Hasta hace algunos años, la ambigüedad se podría haber salvado con el utilísimo adjetivo relativo cuyo, que su uso se está perdiendo. Pero nos habríamos quedado sin el chiste. También echaremos de menos la moraleja, el banquero avariento que no entiende por qué el niño, en vez de abrirse una cuenta corriente, decide gastarse la pasta en comprar alpiste para las palomas. Los adalides de la Corrección Política tendrán que hacer algo a este respecto, ya que, últimamente, a las palomas se las llama "ratas con alas", y no hay Ayuntamiento que no se gaste la pasta en jaulas y venenos.

En fin; si en esta película, a pesar de las ansias del pobre Dick van Dyke, Mary Poppins se marchó tan soltera y entera como había venido, la Andrews se pudo desquitar en otra película mítica: Sonrisas y lágrimas, donde fraulein Maria acababa llevándose el gato al agua. Tardé algunos años en comprender que al capitán Von Trapp se le pudiera caer el pelo por izar una bandera austríaca en la fachada de su casa de Austria. Por ahí estaría el bueno de Bogart, echándole una mano para desplegarla.

Aquélla fue otra de las películas que vi en la casa de mis abuelos, en aquellas Navidades lluviosas en las que nos juntábamos nueve personas, mis padres, mi hermano, mis abuelos, varias tías solteronas y mi bisabuela Aurelia. Tal vez, en el fondo, esta larga serie de artículos no hable de cine, sino de la infancia que se fue. Yo era un niño, y en la tele una chiquilla encantadora cantaba I am sixteen, going on seventeen, y yo calculaba que me faltaban por lo menos ocho años para poder bailar, cogido de la mano, con una belleza como aquélla. Por eso, de Sonrisas y lágrimas recuerdo especialmente lo idiota, pringao, tolay o como ahora le llamen los jóvenes al chaval que, al final de la película, en vez de fugarse con los Trapp de la mano de una de las chicas, se pone a gritar para que los nazis les echen el guante. Miento, también recuerdo aquella hermosa canción de las Girls in white dresses, with blue satin sashes -si la quieren escuchar, el título original es My favourite things-. Y, cómo no... he sido incapaz de olvidar, a mi pesar, aquello del selvático animal.

La gente suele decir que Sonrisas y lágrimas es una cursilada. Una novicia que canta y se enamora de un viudo, vaya pastelazo. Para mí es una gran película. No sólo por ser un musical de primera, sino por el trasfondo político, con Christopher Plummer oponiendo toda su dignidad y su patriotismo a la barbarie nazi. La misma severidad que empleó para interpretar al coronel de las SS Herbert Kappler -el asesino de las Fosas Ardeatinas- en una película muy interesante, Escarlata y negro. En ésta también se habla de fronteras quebrantadas; en este caso, la línea que divide la plaza de San Pedro, de Roma, dejando a un lado la Europa conquistada por el III Reich, y al otro la ciudadela de El Vaticano. En esta peli, el negro uniforme hitleriano se contrapone al escarlata de la sotana del obispo O'Flaherty, interpretado por Gregory Peck. Una escena mítica, el sacerdote haciendo como que va a pisar la raya de la plaza, burlándose de los francotiradores nazis que le acechan al otro lado. Como sólo se trata de cine, fingiremos que dentro de la basílica de San Pedro el papa Pío XII -en la película, sir John Gielgud- estaba del lado de los oprimidos.

Leo en la hemeroteca de El país que en fecha tan reciente como 1977, el nazi Kappler provocó un conflicto diplomático entre Italia y Alemania Federal tras fugarse del hospital italiano en el que cumplía condena por los asesinatos perpetrados durante la II Guerra Mundial. La verdad es que tuvo suerte; yo pensaba que lo habían ahorcado, como el asesino de masas que era. Ése es uno de los peligros de las actuaciones de los grandes actores, que dan dignidad a quien nunca la tuvo, y Kappler también fue interpretado por otro hombre que llenaba las pantallas de dignidad: Richard Burton.

Hablar de Richard Burton es hablar de Elisabeth Taylor; pero seamos descorteses y hablemos primero de él. Yo le recuerdo especialmente en dos papeles: en la ya mencionada El día más largo, haciendo de oficial de la RAF, con otros personajes míticos como John Wayne, Henry Fonda o Robert Mitchum -y sí, con Sean Connery haciendo del pollico Flanagan-. E interpretando a santo Tomás Becket, junto con Peter O'Toole. Interesantísima vida, la de Becket, un cortesano en alza hasta que se convirtió en sacerdote y pasó a defender la independencia de la Iglesia. Richard Burton bordó el papel. También hizo de Marco Antonio en Cleopatra, con su amada-odiada Liz, con la que se casó y se divorció dos veces.

Ésta es mi novia; tiene un ojo de cada color. De esta forma tan pintoresca presentaba uno de mis parientes a su futura esposa. No entiendo cómo ella no le dejó, o cómo no devolvió la presentación: Éste es mi novio, tiene medio cerebro. Notarán mis esfuerzos por acercarme, de una manera original, al tópico de los ojos violetas de la Taylor. De ella me marcó una película de safaris, La senda de los elefantes, sobre unos hacendados que habían construido su plantación interrumpiendo una vieja ruta por la que pasaban los elefantes, y cuyo final es fácil imaginar.

Por el terror que me provocaron en su día los pobres paquidermos, y por la ambientación, he recordado ahora Cuando ruge la marabunta, de Charlton Heston. La escena de las hormigas cruzando un río con infinita paciencia, dos o tres en cada hoja, pertenece a mi particular antología de secuencias de terror. De Charlton Heston, El planeta de los simios, con su inesperado final. El director tuvo la delicadeza de hacer que la única mujer que tripulaba la nave que aterriza en el planeta resultase muerta, creo recordar que porque no se le cerró la cápsula de hibernación. De esta forma nos ahorró el verla esclavizada por los monos. La semana pasada vimos en casa la versión moderna, de Tim Burton, que no le llega a la antigua ni al empeine de las garras de los simios, aunque su final da mucho que pensar. En lo idiotas que pueden ser algunos humanos.

Hemos dejado muy atrás a Gregory Peck, pero se merece que regresemos al Vaticano y continuemos la cadena de nazis y antinazis, porque desde la plaza más visitada del mundo nos iremos a la selva amazónica, donde Peck cambiará la sotana por la bata de médico del doctor Mengele. Si es que a ese animal se le puede llamar médico o doctor, cosa a la que yo siempre me he negado. Pienso que la ancianidad de Joseph Mengele, y su muerte en libertad, es una espina que tendremos clavados los hombres, por toda la eternidad. En los Juicios de Nurenberg, una de aquellas bestias, creo que Hans Frank, comenzó a gimotear y le comentó a uno de sus compañeros, o a su abogado, que los judíos no olvidaban jamás, que dentro de dos mil años seguirían recordando su nombre con un gesto de desprecio. El Verdugo de Varsovia no se equivocaba. No sé cómo será el mundo en el año 2100, ó 2200, pero tengo por cierto que, a menos que un holocausto nuclear o el cambio climático haya acabado con todos nosotros, en esos años que nos resultan inverosímiles habrá alguien que leerá con asco y con terror los experimentos que perpetró Joseph Mengele, y murmurará: ¡Qué pena que ese animal se nos escapara con vida! "Se nos escapara", a nosotros, los seres humanos.

Todo este rodeo para hablarles de Gregory Peck y Los niños del Brasil. La historia es sencilla: cuenta que, después de la guerra, Mengele se refugió en la Amazonia y continuó con sus experimentos, tratando de obtener clones de Hitler. Hasta allí le persigue un cazador de nazis, sir Laurence Olivier, a quien habíamos dejado en el tintero cuando hablamos de su hermosa Vivien Leigh.

Para continuar con la cadena de nazis y antinazis en la que llevamos unos cuantos párrafos trabados, diré que, a su debido tiempo, sir Laurence cambió el papel de cazanazis por el de ángel exterminador. Me refiero a Marathon Man, en la que Dustin Hoffman descubre a un antiguo médico de un campo de exterminio. Sobrecoge la escena en la que una anciana judía reconoce al doctor Szell en mitad de la calle y se pone a gritar y a llorar en hebreo, desesperada, rogando que no le dejen escapar, que por ahí va el ángel blanco, que es como sus víctimas conocían al matarife, que por más señas era el dentista del campo. También sobrecoge la escena en la que Hoffman le encañona y le obliga a que se trague unos diamantes. En esos momentos, y de manera que puede parecer paradójica, el espectador se alegra de que el nazi recobre el ánimo, le plante cara al protagonista y le diga que no, que no se va a humillar comiéndose los brillantes. Y es que a las personas que nos consideramos decentes no nos gusta ver cómo a la gente le roban su dignidad. Ni siquiera aunque se trate de uno de los médicos de Auschwitz.

martes, 14 de julio de 2009

El material del que están hechos los sueños (III)

En el artículo anterior de esta serie dejamos a Gary Cooper defendiendo la causa republicana en la Guerra Civil. Por desgracia, ni Robert Jordan, el inglés experto en volar puentes, ni el brigadista Rick Blaine -ah, no, perdón, que ése estaba luchando contra el Anschluss con la familia Trapp- lograron detener el avance imparable de los aliados de Hitler y Mussolini, pero ésa es otra historia; la triste historia de una España democrática y avanzada a la que el resto de las democracias occidentales dejaron sola ante el peligro, y me van a perdonar el tópico que me lleva adonde es inevitable que lleguemos los que sabemos poco de cine cuando hablamos de Gary Cooper.

De toda la película me quedo con la secuencia final, cuando el sheriff se desprende de la estrella con un mohín de asco y la deja caer al suelo, como si fuera un escarabajo que se le hubiera quedado enganchado en la camisa. En mi adolescencia habría dado la vida por haber merecido el único apretón de manos que concede el sheriff, el que le da al muchacho que se ha pasado media peli tratando de ayudarle a matar a Frank Miller. El detalle del reloj que marcaba las horas a tiempo real se lo dejo a los expertos; yo nunca he acabado de comprenderlo.

Por cierto, que la mujer de Gary Cooper en esta peli no era otra que Grace Kelly, a la que vuelvo una y otra vez con sumo gusto, después del paréntesis que abrí en páginas anteriores, a orillas del viejo Mississippi. Miren: otra de mis reencarnaciones favoritas, el fotógrafo con la pierna escayolada a quien la Kelly pretendía acompañar para hacerle menos aburridas las noches de verano. El pobre Hitchcock, luchando una vez más por poseer a sus rubias, metió en la maleta de la Kelly un camisón que ha acompañado muchos sueños de verano desde entonces.

De James Stewart dijeron que encarnaba al perfecto hombre medio americano, un tipo sencillo, decente, patriota, quizás no demasiado inteligente, pero sí espabilado, al que le pasaban cosas raras contra su voluntad. Por ejemplo, ser adoptado como novio por Grace Kelly, o como mascota por un conejo blanco llamado Harvey. Tras finalizar la II Guerra Mundial, en la que alcanzó el grado de coronel -años después llegaría a ser general del Ejército del Aire-, protagonizó una película en la que quería animar a una sociedad con demasiadas viudas, huérfanos y mutilados de guerra, y que aún sigue marcando el calendario anual de la programación televisiva: ¡Qué bello es vivir!, donde se demuestra que todas nuestras vidas son puntales y cimientos de las vidas de aquéllos que nos rodean.

Otra actuación estelar es La soga, de Hitchcock. Es una película que transcurre en una sola secuencia, es decir, que no hay cortes, que la cámara no deja de moverse siguiendo a la acción. Para cambiar el rollo de película, se hacía un primer plano en la espalda de algún actor, para que no hubiera saltos. Algunos cámaras de televisión me han comentado que esa película se estudia en sus institutos; ya sé por qué tantas veces, cuando salimos a trabajar, me graban panorámicas de diez o quince segundos que luego, en un informativo, casi nunca sirven para nada. En La soga sir Alfred se atrevió a mostrar el amor homosexual, en la relación entre el asesino y su cómplice, e incluso repartió claramente los roles, aunque lo encerró todo en un arcón, digo un armario.

Un detalle: la acción comienza de día y termina completamente a oscuras. Olé por los iluminadores.

A lo largo de estas páginas hemos mencionado a algunas de las rubias de Hitchcock. Grace Kelly, Eva Marie Saint... citaré también a Kim Novak, que acompañó a James Stewart en Vértigo, aunque ni la peli ni la actriz acabaron de gustarme. Lo que más me interesó fue la acotación del título, de entre los muertos. En fin, leo en la Wikipedia que los cinéfilos norteamericanos la consideran una de las mejores películas, además de una alusión constante a la impotencia, la necrofilia y la vagina dentata. Échenle un vistazo, si pueden, al artículo de la Wiki; es bastante interesante.

No iba a abandonar a las rubias de Hitchcock sin haberle presentado mis respetos a Tippi Hedren. Para los lectores más jóvenes: la madre de Melanie Griffith, suegra por tanto de Antonio Banderas, y -antes- de Don Johnson. Protagonista de Los pájaros, una de las mejores películas de miedo de todos los tiempos. Su final me sorprendió la primera vez que la vi, aunque, claro... ¿de qué otra forma podía terminar una historia tan inquietante y opresiva como ésa? En Marnie, la ladrona, Hitchcock sustituyó los monstruos exteriores por los internos, cuya capacidad para aterrorizar puede ser muchísimo mayor. Lo demostró él mismo, que acabó convertido en algo parecido a un monstruo para la actriz. Marnie tuvo el apoyo de un Sean Connery cuya aparición me sorprendió en su día, porque hasta aquel momento sólo lo había asociado con James Bond. Luego llegaron fray Guillermo de Baskerville -buena actuación en un El nombre de la rosa que no le llega a la novela ni a la suela de la sandalia- y el padre de Indiana Jones. Soy de los que piensan que Sean Connery ha madurado, en lo profesional, con el paso del tiempo. Y matizo lo de "en lo profesional", porque a sus setenta y muchos años le ha dado por defender la independencia de Escocia. Aunque eso no le ha llevado a renunciar a su elitista título de sir, esto es, caballero de la Corona británica. Y es que a nadie le amarga un dulce. Decía que sir Sean Connery ha mejorado con la edad... y me remito a la fugaz aparición del soldado Flanagan en El día más largo, esa obra que, más que película, es un verdadero documental de Historia, además de un duelo de grandes actores (John Wayne, Robert Mitchum, Henry Fonda, Richard Burton...).

El Día-D. Frente a la guerra explosiva, de acción, otra película emblemática, ambientada en una generación posterior: Apocalypse now. Una vez más, el enemigo interior puede ser más destructivo que el exterior. El poder de las neuronas supera al de las balas. Marlon Brando, otro gigante de la escena, ayudando a destruir a Martin Sheen, completamente de vuelta de todo él mismo. De esta película se venera especialmente la secuencia de la masacre de vietnamitas a manos de una brigada de helicópteros que atacan con napalm, apoyados por música de Wagner, cómo no. Da pena escuchar a los amantes del cine, diciendo que ésa es una gran escena. A mí no me da el subidón, a mí me da pena ver cómo arde la carne humana. Pero ya se sabe que los humanos somos capaces de cualquier cosa, siempre que nos persuadan con el ritmo adecuado.

Marlon Brando es muchas cosas. El coronel Kurtz, Don Corleone -al que iremos enseguida-, o el segundo oficial Fletcher Christian, el que se amotinó en la Bounty. Cuando Brando besa a la tahitiana Tarita, está besando a su futura esposa; cuando pasea por la playa, está reconociendo los terrenos que comprará tiempo después. Todo junto le da una dimensión especial a la película. Pero eso no lo sabía la primera vez que la vi, entonces se quedó todo en la ficción, en la rabia de ver cómo terminaba Christian Fletcher cuando tenía su Shangri-la al alcance de la mano.

El padrino. Lo siento, pero la película no consigue superar a la novela de Mario Puzo, por mucho que susurre Don Corleone. Grandes interpretaciones a lo largo de toda la saga, cómo no. Al Pacino, Robert de Niro, Andy García... Pero la novela es mucha novela, y además se termina donde se tiene que terminar. Otra película de Brando: Queimada, una obra antisistema que cuenta, a mi juicio con bastante acierto, los crímenes y abusos de la aplicación más salvaje del capitalismo. Hay que emancipar a los esclavos y convertirlos en obreros. Porque al esclavo, cuando enferma, hay que mantenerle y curarle; pero al obrero que enferma basta con despedirle, en ese plan. Me encantó.

Otro galán que se complace en mantenerse al borde del Sistema -así, con mayúsculas- es Robert Redford, que ha mantenido una trayectoria en la cima mucho más regular que la de Brando. Recuerdo especialmente Dos hombres y un destino, con Paul Newman, sobre los pistoleros Butch Cassidy y Sundance Kid... y su musiquita pegadiza sobre las gotas de lluvia que caen; me temo que, ahora que he empezado a tararearla, ya no me va a abandonar en lo que queda del día. Otra película muy entretenida, también con Paul Newman: El golpe, sobre las andanzas de una pareja de tahúres. Y me dice Internet que éstas dos fueron las únicas películas que ambos actores rodaron juntos. Qué pena.

En los años noventa se habló mucho de Una proposición indecente, en la que un multimillonario Robert Redford le ofrecía a Demi Moore y a su marido una elevadísima cantidad de dinero a cambio de acostarse con ella. La película la vi en un cine de Alicante con una chica, que en el momento de la oferta me susurró: ¡Qué idiota, ofrecer dinero, si todas nosotras nos acostaríamos gratis con él! En fin, que, para darle más verosimilitud a la trama, el director debería de haber contratado para el papel de millonario a Danny de Vito.

En cuanto a Paul Newman, a quien hemos perdido hace tan sólo medio año, ahí está, por ejemplo, El coloso en llamas, del que, como me suele pasar, recuerdo sobre todo dos secuencias: un ejecutivo está a punto de acostarse con su secretaria en el despacho cuando salta la alarma de incendio. En vez de ayudarla, se mete apresuradamente entre las llamas dejando a la chica atrás, semidesnuda. Y luego, la escena de la piscina, en la que no me detendré porque con estos artículos quería despertar el gusanillo del lector, no destriparlo. Ojalá Paul Newman, y el jefe de Bomberos Steve McQueen, hubieran estado en Nueva York aquella trágica mañana de mediados de septiembre...

Refrescando mi memoria, o tratando de atar estas líneas con algo más que alfileres -como quieran entenderlo-, he visto que entre el reparto de El coloso en llamas estuvo nada menos que Fred Astaire. Es verdad, lo recuerdo, haciendo de caballero -lo era- anciano pero animoso. Al principio de esta serie de artículos me preguntaba, con tristeza, cuánto hace que en nuestras pantallas no aparece una película de Fred Astaire y Ginger Rogers. Los argumentos de sus películas no me acababan de convencer cuando era niño; prefería las del Oeste, las de gángsters, o las de catástrofes naturales; pero ahí estaban aquellos momentos musicales, esos bailes que me dejaban con la boca abierta. Hoy en día diríamos que las piruetas, saltos y filigranas sincronizadas de Fred & Ginger eran obra de un ordenador. Tanto Matrix, y resulta que en los años treinta ya había una pareja capaz de bailar incluso en el respaldo de una silla.

Otra secuencia de baile que no he podido olvidar: Donald O'Connor, el actor con orejas de soplillo, haciendo una y otra carrera hasta la pared... poniendo los pies en el muro... y dando una voltereta, sin dejar de cantar Make then laugh. La película es Cantando bajo la lluvia, protagonizada por Gene Kelly. Una obra que es al mismo tiempo una comedia muy divertida, un musical excelente y un documental de historia, puesto que cuenta la transición del cine mudo al sonoro, que muchas estrellas no pudieron afrontar, bien por el cambio radical en la manera de actuar, bien porque tenían una voz desagradable, con acento, con frenillo, demasiado ruda o estridente...

Continuará...

lunes, 29 de junio de 2009

El material del que están hechos los sueños (II)

En el capítulo anterior habíamos dejado a Marilyn Monroe con las faldas levantadas, que es la mejor manera posible de concluir un capítulo sobre cine clásico. Otro ejemplo de Gran Buena Película, como suele decir mi hermano David, es Con faldas y a lo loco, donde la Monroe compitió en sofisticación con Tony Curtis y Jack Lemmon. Aunque ellos no fueron capaces de menear el trasero como Marilyn porque no tenían el motorcito con el que el buen Dios modeló a las hijas de Eva. Fue otra película cuyo primer pase me llenó de confusión, al ver que Lemmon estaba dispuesto a casarse con otro hombre, para luego divorciarse y sacarle un montón de pasta. No entendí nada –Jack Lemmon es un hombre, por favor-. La película ha quedado como un ejemplo de lo difícil que era trabajar con la Monroe, y ahí está la frase de Tony Curtis, diciendo que después de pasarse el día repitiendo una escena, besar a Marilyn le había parecido como si hubiera besado a Hitler. Y es que, ya se sabe: nadie es perfecto…

Jack Lemmon. Cualquier adjetivo es poco. Creo que Primera plana, con Walther Matthau haciendo de Walther Matthau, debería estudiarse en las facultades de Periodismo. Además de ser una película que todo plumilla -hombre o mujer- que pretenda seguir ejerciendo como tal, debería ver con su pareja, antes de plantearse seriamente el matrimonio.

- ¿Qué te ha parecido?

- Pobre Hildy, cómo le ha engañado ese sinvergüenza de director, con lo bien que le habría ido ganando un buen sueldo en el mundo de la publicidad…

- Cariño, lo siento mucho, pero no hay boda.

Por suerte, en mi caso concreto, y aunque no le llego ni a la suela del zapato a la plantilla del Examiner, con su águila de alas extendidas, mi mujer ha asumido desde el primer día las servidumbres a las que nos obliga, de vez en cuando, el desempeñar el mejor oficio del mundo. Les confesaré que la primera persona que se enteró de que mi mujer estaba embarazada no fue mi madre, fue mi cámara, Sabina; que la primera ecografía a mi hijo la miré con el ojo izquierdo, mientras con el derecho revisaba mi móvil a la espera de una información sobre el Caso Limusa, y que la última la vieron mi mujer y mi madre porque yo estaba haciendo una conexión en directo sobre la re-rebautizada Gripe A. Con todo y con eso, mi Sara tiene conmigo más paciencia que la pobre Susan Sarandon. Albricias, Dafne.

A Walther Matthau le vi por primera vez hace muchos años, más de treinta. En una película sobre el secuestro de un vagón de metro. Nunca he podido olvidar la secuencia final, el último plano, en el que el inspector de policía consigue dar con el secuestrador en el último segundo, por un detalle trivial. Una vez más, la Wiki –que debería de firmar estas páginas conmigo- me ha confirmado que el detective era Walther Matthau, aunque en este caso mi memoria no podía fallar, desde entonces aquel niño siguió esperando con ansias la aparición de aquel personaje desgarbado con ojos inquisidores y nariz de patata. La película, por si la quieren descargar, pagando, de Internet, se llama Pelham 1, 2, 3.

Otra película mítica fue La extraña pareja, donde un recién separado neurótico, hiperactivo y bastante tolay se iba a vivir al piso de un gorrino redomado. Dejo a la imaginación de los lectores qué papel desempeñaba Walter Matthau, y cuál le correspondía a Jack Lemmon. En uno de los momentos culminantes de la película, Óscar, que ha perdido la paciencia, los nervios e incluso las ganas de vivir, amenaza a Félix con un plato de pasta y le viene a decir que se lo va a estampar en la cabeza; éste empieza a reírse, con desdén, y le espeta que no son espaguetis, sino lingüinis. Adivinen dónde acaba el plato de pasta… Además de haberme hecho reír a carcajada limpia, esa película siempre me ha gustado por lo que muestra de la fraternidad entre los hombres. Un grupo de amigotes que se reúne en un pequeño piso, un verdadero hogar, para charlar, jugar a las cartas, fumar y comer bocadillos verdes o marrones, ajenos a la vorágine de esa ciudad inmensa, peligrosa y llena de oportunidades que es Nueva York. En el caso de Félix Unger, ajeno incluso a los peligros que acechaban en los camisones de verano de las Hermanas Periquito.

Al principio de esta miniserie de artículos hablé de Charada, donde Walther Matthau desempeñó un papel secundario, pero esencial, junto con Audrey Hepburn y Cary Grant, otro rey de la comedia, cuya elegancia y sutileza viene a ser el reverso de Oscar Madison y el señor Burns; de los gañanes inteligentes y embrutecidos. De Cary Grant se me quedó grabada especialmente una de Hitchcock que vi por vez primera hace más de veinte años. Para que se hagan cargo de cómo han cambiado los tiempos, me acuerdo de que Televisión Española se pasó muchos días anunciando que aquel fin de semana, en Sábado Cine iban a proyectar Con la muerte en los talones...

Aquel sábado, en mi casa se vivió una pequeña tragedia doméstica, y es que a partir de un determinado momento, mi padre, que en paz descanse, empezó a mirar el reloj, calculando el tiempo que llevábamos de película y lo que faltaba para el Intermedio, que era como hace años se llamaba a las pausas publicitarias. Ya veréis cómo nos cortan la secuencia de la avioneta, decía el hombre, consiguiendo el imposible de sumarle más tensión a la trama. En un momento dado, Cary Grant está viajando en un autobús de Greyhound –aquellos cacharros que parecían chapados en papel albal, en los que uno podía subirse en Nueva York y pedirse un billete, sólo ida, para Texas. Llega su parada, y se baja en una inmensa meseta atravesada por la recta inabarcable de la carretera. Lejos, en el horizonte, hay una avioneta fumigando. Mi padre mirando el reloj, poniéndose cada vez más pálido, mi hermano y yo aferrados a los brazos del sofá, ahí está la avioneta, va a pasar algo, ya llega la escena, verás cómo nos la cortan… de repente, todo se precipita al mismo tiempo; la avioneta pasa rozando la cabeza de Cary Grant, que se arroja al suelo entre los maizales, aparece una ráfaga de puntos y rayas, una musiquilla inesperada, el anuncio de un tambor de detergente y el grito paterno diciendo que así no hay narices para ver buen cine. Papá, te he vengado; acabo de ver la secuencia entera en el Youtube, sin cortes. A tu salud.

Otra de las secuencias míticas de Con la muerte en los talones es la aparición final de la bellísima Eva Marie Saint en el Monte Rushmore, sus apuros entre las cejas gigantescas de los Presidentes, el primer plano de Cary Grant pidiéndole que se cogiera de su mano… y los últimos segundos, que no voy a revelar por si a estas alturas he conseguido que a alguien le entre el gusanillo de ver la peli por primera vez. Aunque no puedo resistirme a comentar el último plano, ese tren que se mete en el túnel, con el que el obeso y obseso Hitchcock trató de liberar las tensiones que debía de sentir cada vez que grababa a sus rubias. Un detalle que pasó desapercibido a la censura, porque a los genios como Hitchcock, todos los censores del mundo juntos no le llegan a la suela del zapato. Me dice la Wikipedia que Hitchcock no consiguió permiso para grabar ni dentro del edificio de la ONU, ni en el Monte Rushmore. Así y todo, ahí están. Porque el lastre bobo y comodón de la burocracia también es incapaz de abatir ni un solo centímetro el vuelo creativo de los profesionales de verdad.

El antagonista de Cary Grant en esta película fue James Mason, a quien yo recuerdo especialmente no en el cine, sino en la tele; en una serie de Miedo, con mayúsculas, basada en una novela de Stephen King: El misterio de Salem’s Lot. En años posteriores se hicieron otras versiones, pero ninguna de ellas provocó el terror de los vampiros de la primera entrega, la de David Soul, el rubio de Starsky & Hutch. La secuencia del pequeño vampiro tocando con la uña la ventana de la habitación en la que estaba durmiendo su hermano, en un primer piso, sigue dándome escalofríos, tanto tiempo después.

Otra película basada en una novela de King: El resplandor, con el escalofriante Jack Nicholson haciendo de zumbao. Se ha convertido en un tópico hablar del doblaje, tópico al que me sumo, diciendo que los dobladores hicieron todo lo posible por estropear la película, aunque afortunadamente no lo consiguieron. Las dos gemelitas cogidas de la mano me siguen provocando una inquietud, incluso ahora, sentado en el sillón delante de mi ordenador, en la calidez de una casa que se prepara para la cena. Actores secundarios impresionantes, como el señor Hallorann, el cocinero negro -Scatman Crothers-, o el barman, Lloyd -Joe Turkel-. Por cierto, que muchos años después de ver la peli compré la novela temiéndome lo peor. Soy un lector compulsivo de King, pero pensaba que Kubrick y Nicholson habrían elevado tanto el listón, que la narración se quedaría corta. Me equivoqué. Si han visto la película pero no conocen la novela, traten de comprarla o búsquenla en la biblioteca. Conocerán una historia muy diferente.

Ya que hemos hablado de películas de miedo, ahí está Psicosis, otra obra maestra de Alfred Hitchcock. La primera vez que la vi fue en gallego, en una de las emisiones de la TVG, durante mis vacaciones de verano. La estaban viendo mis abuelos, quejándose por que hubieran hecho hablar a los personajes en otra lengua –Hitchcock en castellano también era un artificio, en Hollywood aún no se hablaba castellano porque Antonio Banderas y Andy García aún estaban por llegar, pero de eso mis abuelos no se daban cuenta-. Por desgracia, cuando mis padres y yo volvimos de la playa, la película estaba terminando, de manera que la primera escena de Psicosis que llegué a ver fue ésa, cuando la hermana de Marion entra en la bodega y agarra del hombro a la madre de Norman Bates…

Da igual. Años más tarde la vi desde el principio, y la tensión no disminuyó ni un segundo. Genial Anthony Perkins. Y qué decir de su tiránica madre. Cuando los atentados terroristas del 11-S, Perkins, que llevaba diez años muerto, volvió a ocupar las páginas de los periódicos, porque resulta que su viuda fue uno de los infortunados pasajeros del avión que se estrelló contra una de las Torres Gemelas. Un grado de terror que Hitchcock jamás habría sido capaz de imaginar, porque los villanos que él dirigía tenían, al menos, alguna razón lógica para actuar.

Pero volvamos a Psicosis, al horror con causa. Hemos mencionado a la hermana de Janet Leigh; en la ficción hitchcockiana, ese papel lo representó Vera Miles. Hasta este preciso momento -ya les advertí de que, si quieren aprender algo de cine, vale más que salgan de aquí corriendo-, durante mucho tiempo creí que la rubia de la ducha era hermana de aquella morenaza de armas tomar, a la que los corsés del Profundo Sur le venían tan apretados como aquéllos en los que le quería embutir su mammy negra: Vivien Leigh, la señorita Escarlata de Lo que el viento se llevó. En mi infancia, su proyección en TVE fue otro acontecimiento que buena parte de España vivió con expectación. Recordemos una vez más los no tan lejanos años ochenta: no había televisiones privadas, ni autonómicas, y el vídeo era un refinamiento para bolsillos solventes. Cuando salía alguna película nueva, la gente iba a toda prisa al cine, no a Internet. ¡Si la mayoría de los televisores ni siquiera tenían mando a distancia! Para eso estábamos los niños, para poner la Primera o el UHF según la decisión, inapelable, de nuestros padres.

Lo que el viento se llevó es una película de referencia, sobre la que seguramente ustedes sabrán muchísimo más que yo -lo que no es difícil-, ya que sólo la he visto una vez, y de niño. El resto ya son tópicos, el nunca más volveré a pasar hambre, el francamente querida me importa un bledo, y tal y cual. Pero de Vivien Leigh me impactó mucho más otra película, El puente de Waterloo. La Leigh se enamora de un soldado, éste se va a la guerra, la mujer se cree que ha muerto en combate y se hace prostituta. Eso es lo que yo recuerdo. Luego, un día en que ella está en el andén de la estación, esperando a los clientes, ve aparecer al soldado. Su compromiso sigue adelante... hasta que ella le confiesa a la familia de él que no se pueden casar porque ella ha sido prostituta. El resto de la película me sorprendió entonces: la familia del soldado se porta de manera comprensiva y están de acuerdo en que rompa el compromiso sin decir nada. Cuando vi cómo acababa la película me quedé perplejo de que nos vendiesen aquello como "comprensión", y la absurda y destructiva confesión de la Leigh como "rasgo de nobleza". Se ve que no soy tan anticuado como a veces me jacto de ser, porque para mí lo normal es que la Leigh se hubiera callado como una puta, y todos felices. Pero, claro: eran otros tiempos. También me acuerdo de la música triste de El lago de los cisnes que acompañaba buena parte del film. Ah, veo en Internet que el soldado lo interpretó Robert Taylor y que, en la vida real, la Leigh morena estuvo casada durante muchos años con sir Laurence Olivier. A quienes me van a permitir que me deje en el tintero, por el momento.

Otro detalle que recuerdo de Lo que el viento se llevó es la alusión que hace Vivien Leigh a las orejas de soplillo de Clark Gable. Por la zona de Valencia, a esas orejas las llamamos pàmpols, o forelles. Me pareció sorprendente que Escarlata -la señorita Escarlata, perdón- se burlase de un rasgo que no pertenecía al aventurero Rhett Butler, sino al actor Clark Gable.

Si ustedes, queridos lectores, me sacan unos cuantos años, recordarán a la perfección otra de las joyas de Gable, Mogambo. Y añadirán que la censura franquista quiso sacarnos a los españoles de la sartén para meternos de cabeza en las brasas, porque en la versión original Clark Gable está enrollado con Ava Gardner, pero aparece Grace Kelly con su marido y se enamora de Gable. Para que eso no oliera a adulterio, la censura, siempre tan inteligente, transformó al marido de la Kelly en su hermano. Lo que convirtió los lógicos ataques de cuernos de éste en una verdadera pasión incestuosa. Algo así, imagínense mi pasmo adolescente al darme cuenta de que mis padres, unos ancianos de cuarenta años, sabían lo que era el sexo. En fin, les confesaré que yo, de haber podido, habría cometido incesto, o adulterio, con Ava Gardner y con Grace Kelly, a ser posible al mismo tiempo. Y me van a perdonar.

Añadiré que mi querida abuela Pepucha, que en paz descanse, tenía un vecino allá, en su aldea, con el que se llevaba a matar. El Compadre -quién le iba a decir al Compadre que un día iba a formar parte del ciberespacio-. Un día, hace ni se sabe cuánto tiempo, la mujer de este vecino -la Comadre- le comentó: Pues mira, Pepucha, que a mi marido le da asco Ava Gardner. La respuesta fulminante de mi abuela: ¿Le da asco Ava Gardner? ¿A tu marido? ¡Bueno, mujer, bueno! ¡Quién se la diera muerta de quince días!

De Grace Kelly hablaremos después. Antes quiero mencionar otra película de Ava Gardner, Magnolia. La peli me legó su banda sonora -Old Man River-, que aún hoy suelo tararear cuando voy en el coche, con las ventanillas subidas para que haya más resonancia. Lo que más recuerdo es que, en ella, la Gardner hacía de negra, o de mulata. Me imagino que convenientemente maquillada, porque de morenaza a mulata hay un hermoso paso. La cuestión es que el protagonista estaba enamorado de Ava Gardner, pero al final regresa junto a su esposa, quien se sacrifica sabiendo que su amor es imposible, porque al fin y al cabo la Gardner es medio negra. Un argumento que hoy en día nos parece surrealista. Afortunadamente.

Ah, y otra película de la Gardner, Cincuenta y cinco días en Pekín, que me fascinó por la sencilla razón de que en ella salía el embajador de España, con su banda rojigualda y todo. No sospechaba que en Hollywood pudiesen estar al tanto de la existencia de mi modesto y gran país. Luego vi Por quién doblan las campanas, con Ingrid Bergman y Gary Cooper, que narra precisamente los acontecimientos que provocaron que luego, durante cuarenta años, mi país se quedase tan aislado del resto del mundo.

(Continuará...)

sábado, 27 de junio de 2009

El material del que están hechos los sueños (I)

El otro día Sara, mi mujer, me enseñó entusiasmada una película que había descargado, digo comprado por Internet. Como era de esperar, no se acordaba de cómo se llamaba -mi esposa es muy lista, pero a veces tiene problemas incluso en recordar mi propio nombre-. Le pedí alguna pista, y me contó que se trataba de una película antigua, protagonizada por una actriz guapísima, muy elegante y que hacía reír, pero de una manera muy inteligente. Pasé revista a mis modestísimos recuerdos del cine. No era Elsa Pataki. Tampoco Alyssa Milano. Para llegar más lejos tenía que dejar el periódico y hacer un esfuerzo mental. Cosa que me daba algo de pereza, porque era feliz leyendo cómo a los vascos de pata negra les había llegado su San Martín, políticamente hablando. Ya saben, el lehendakari Patxi López pretende quitarle la pasta para excursiones a las familias de los etarras, obligar a que la televisión pública vasca muestre la previsión del tiempo en Cantabria y Burgos, donde trabajan o veranean muchos vascos, en vez de en los territorios del sur de Francia, donde ya no queda nadie que sepa euskera. Cosas así propios de españoles invasores, aunque el López de don Patxi sea más vasco que la madre gallega de Iñaki de Juana, que en paz descanse. La madre, digo.

- Yo qué sé qué actriz es, déjame que acabe el artículo, que dizque Iñaki Anasagasti propone que a Patxi López se le llame de manera oficial Presidente, en vez de la forma vasca Lehendakari, para dejar bien claro que para él López no es lehendakari de verdad. A pesar de que Patxi nació en la provincia de Vizcaya, y Anasagasti allá por Sudamérica.

- La actriz se pasa buena parte de la película diciendo que le gustaría desayunar en una tienda de diamantes, porque allí se siente muy a gusto.

Así fue como mi esposa descubrió a Audrey Hepburn, la semana pasada, a los veinticuatro años de edad. Yo tengo algunos más, estoy rozando los cuarenta: creo que pertenezco a la última generación que pudo disfrutar de los grandes actores de Hollywood, en las sesiones de cine que daba Televisión Española los sábados por la tarde, los fines de semana por la noche, y creo recordar que algún jueves, también por la noche. Sesiones a horas toleradas por el organismo humano, que empezaban a las nueve y terminaban a las once, lo que las hacía también aptas para que los niños las pudiéramos ver. Todos los jóvenes que nacimos a lo largo de los años setenta conocíamos perfectamente a John Wayne, Humphrey Bogart, Cary Grant o Gary Cooper, y sentíamos un cosquilleo especial cuando veíamos por la tele a Grace Kelly, Marilyn Monroe o Ava Gardner. Y las muchachas, viceversa, me imagino. El panteón de Hollywood nos era completamente familiar, aunque llegamos tarde para tener el privilegio de ver a sus dioses en la pantalla grande. Nosotros fuimos al cine con otra promoción posterior de actores, Robert de Niro, Al Pacino, Barbra Streisand, Tom Hanks, Sharon Stone... y pronto dejamos de ir a verles, porque fueron ellos los que vinieron a nuestra casa, primero de la mano del vídeo VHS que era patrimonio casi exclusivo de los padres, y luego en forma de DVDs y descargas, siempre pagadas, de Internet.

Hagan la prueba. Pregúntenle a cualquier persona menor de treinta años quiénes fueron Glenn Ford, Bette Davis, Greta Garbo o Sidney Poitier. O enséñenle alguna foto. Cuando era joven, en mi casa oía hablar con respeto y afecto de los actores que llenaron la juventud de mis abuelos: Hopalong Cassidy, Douglas Fairbanks Jr., Gloria Swanson, Mary Pickford... nombres que incluso sonaban a rancio. Recuerdo que me preguntaba, con un punto de escepticismo -mejor dicho, con la lamentable petulancia adolescente-, si eran tan buenos actores, por qué sus películas se habían olvidado. No serían tan buenos, cuando nunca salían por la tele.

¿Ustedes se acuerdan de la última vez en que cualquier televisión emitió una película de Fred Astaire, Peter Lorre o James Stewart?

Si me lo permiten, me gustaría dar un pequeño paseo con ustedes por aquellas calles de Hollywood en las que se horneaba el material del que están formados los sueños. En el horizonte se ven las letras gigantescas, de unos trece metros de alto, instalados en la década de 1880 por una promotora inmobiliaria: Hollywoodland, el territorio del bosque de acebos. El land se lo quitaron tiempo después, ya que la promotora quebró -lagarto, lagarto-. Desde la letra H se suicidó hace casi ochenta años una joven actriz fracasada, Peg Entwistle, cuyo fantasma dicen que se aparece de vez en cuando por los alrededores del cartel, acompañado de un olor a gardenias. Más atrás del cartel de Hollywood imaginemos el monte de la Paramount, con su orla de estrellas. En una cima paralela puede estar la estatua de Columbia, con su llama perpetua. En la cima de un valle remoto nos esperan los edificios oníricos de la 20th Century Fox, con sus reflectores alumbrando al infinito. Agachen la cabeza ahora, para que no les fulminen las ondas de radio de la antena en blanco y negro de la RKO. Pero no echen a correr, porque a la vuelta de esa esquina está al acecho el león de la Metro Goldwyn Mayers. Y tengan cuidado de dónde se detienen, porque el pegaso de Tristar está a punto de aterrizar después de darse una vuelta alrededor del parsimonioso planeta de la Universal...

Me gustaría empezar por un cumpleaños. Por esos azares del Destino, resulta que el lunes, 4 de mayo -fecha en el que comienzo estas letras-, Audrey Hepburn habría cumplido ochenta años. Y habría seguido siendo una mujer hermosa, una anciana con sonrisa de niña, osamenta elegante y andares seductores. Envuelta no en vestidos de Givenchy o de Mossimo, sino en los vaqueros desgastados que la reina de la elegancia lució en sus visitas al Tercer Mundo, como embajadora permanente en Unicef, entregando su dulce sonrisa para aplacar un poco el hambre permanente de millones de niños. Ya les comenté que hace poco mi mujer descubrió Desayuno con diamantes. De ahí pasamos a Charada, con Cary Grant y con un plantel de actores secundarios de lujo: James Coburn, George Kennedy y un Walter Matthau desempeñando un papel insospechado, que no quiero comentar por si entre nuestros lectores aún hay algún afortunado preparado para ver la película por vez primera.

Aún recuerdo la primera vez que vi My fair lady. Ojo, no me refiero a La fiera de mi niña -que a veces pensamos que es su título mal traducido-, de la que fue protagonista la otra Hepburn. Eran unas Navidades en casa de mis abuelos, en Galicia, hace cerca de veinticinco años. El lugar no importa en absoluto -me importa a mí, son recuerdos tan bonitos de mi infancia-; lo que merece ser destacado, creo, es el hecho de que una película haya podido marcarme hasta el punto de recordar el momento exacto en que la vi. De Sabrina recuerdo muy poco, tan sólo la curiosidad que me entró al ver a un tipo duro como Humphrey Bogart, nada menos, rendido a los pies de aquella dulzura pequeñita. En aquellos tiempos aún no era capaz de explicarme cómo una barra de hierro podía ser doblado por un pañuelo de seda.

La otra Hepburn, Katharine Hepburn. Segunda, pero sólo en el alfabeto y en estos párrafos. Otro tipo bien diferente de delgadez elegante -sus ángulos seductores frente a las pequeñas y rotundas curvas de Audrey-. Otra actriz como la copa de un pino. De todas sus películas, mi memoria recuerda ahora dos: En el estanque dorado, con un Henry Fonda que también había llegado a la cumbre de su carrera y de su vida, y con la hija de éste, Jane Fonda, haciendo precisamente de hija. Una conmovedora historia de amor entre dos ancianos, llena de ternura y de humor. Recuerdo especialmente el diálogo entre Henry Fonda y un niño, quizás su nieto: ¡Pero qué viejo eres!, dice el zagal. La respuesta inmediata: Pues si conocieras a mi abuelo... Y El león en invierno, en el que hacía de reina de no sé qué país -no lo voy a consultar todo en la Wikipedia-, junto a Peter O'Toole. De esta película recuerdo especialmente la escena en que los Reyes tratan de lavarse la cara en la jofaina de su habitación, y para ello antes tienen que romper el hielo de la palangana. Así, no me extraña que la peste negra anduviera entre chabolas y palacios como Pedro (Botero) por su casa.

Katharine Hepburn, mujer del siglo XXI, digna de haber dirigido una empresa o un país, aunque le tocaran tiempos duros. Para empezar, se pasó buena parte de su vida viviendo con un hombre que no se podía divorciar, porque era católico practicante: Spencer Tracy. Como un símbolo de los prejuicios de su tiempo, he ahí Adivina quién viene a cenar esta noche, en la que el matrimonio ve horrorizado que su hijita se va a casar con un negro, representado por Sidney Poitier, el hermano mayor -en el arte- de otro negro majestuoso y digno, Denzel Washington. Ojo, que a estos dos titanes les habría puesto el trasero al rojo vivo, a la primera de cambio, la Mammy, Hattie McDaniel -ya saben: Zeñorita Ecalaaata-, que fue la primera actriz negra en recibir un Oscar. Por cierto, que Adivina quien viene... retó a lo políticamente correcto, presentando a la madre del médico negro igual de escandalizada por el atrevimiento de su hijo de casarse con una mujer de raza blanca.

Spencer Tracy. Duro como una muralla de mármol. Tanto, que las pasó canutas interpretando Capitanes intrépidos con el niño repipi Freddie Bartholomew, porque le daba vergüenza tener que arrullarle con aquello de Ay, mi pescadito, deja de llorar, o lo del tuerto muy despierto que tenía el ojo abierto. No era para menos. Recuerdo la secuencia más dura, la de Tracy atrapado por unas redes, pidiéndole a sus compañeros que soltasen el último cabo para que se pudiera hundir a gusto, ya que tenía medio cuerpo destrozado. La primera vez que vi la película me pregunté si es que en altamar no había hombres. En fin, exigencias de la trama. En cualquier caso, Spencer Tracy murió como lo que era: un tipo duro.

Duro entre los duros era Humphrey Bogart. Me fascinaba, me sigue fascinando, esa mueca inesperada, ese rictus de sonrisa amarga, de úlcera que se despierta de pronto y le hace encoger los labios, mostrar los dientes. En Sabrina demostró que podía perder la cabeza por una mujer; en Casablanca, que su amor por ellas podía llegar más allá. El descubrimiento de que un hombre podía tomar la decisión de perder a la mujer a la que amaba, con tal de hacerla a ella feliz, me plantó de cabeza en el mundo de los adultos. Claro que, para compensar, ahí estaba el inicio de una hermosa amistad. Un amigo de verdad, tantas veces ha hecho más soportable la traición, la pérdida o simplemente la indiferencia de una hembra... claro que ella era nada menos que Ingrid Bergman, a quien en el fondo todavía le guardo rencor, de parte de Rick. Casablanca, con su mítica escena de La Marsellesa, que provoca un subidón inmediato, la carne de gallina, a quien tenga algo de sangre en las venas. Por suerte ya se ha suprimido la patética traducción-traición del Franquismo, que convertía al brigadista Rick en un combatiente por la independencia de Austria. Con el capitán Von Trapp, no te fastidia.

Por cierto, que se cuenta que en un principio se pensó para el papel de Rick en... Ronald Reagan. Por suerte para el cine, se quedó fuera de Casablanca, aunque al final logró el papel principal en la Casa Blanca, y me perdonarán el juego de palabras. Para compensarle de la pérdida de la Bergman, la vida le prestó a Bogart el corazón de una mujer más ardiente y sensual, una Lauren Bacall de veintiún años de edad, que en la actualidad, a punto de cumplir los noventa, todavía sigue al pie del cañón.

La Bergman, la Bacall... elegantes diosas del celuloide. Ahora aparece ante mí la imagen sensual, pelirroja en blanco y negro, de Rita Hayworth, una reina de Hollywood de sangre andaluza. Cuando se estrenó Gilda, la gente afirmaba, medio en broma medio en serio, que en la versión sin censurar la actriz no se limitaba a quitarse el guante (al hilo de esta secuencia mítica, aquí en España hubo un chiste clandestino que hablaba de la película Raza y de un presunto strep-tease en pantalla de su autor). La bofetada que le propinó Glenn Ford hoy no sería emitible, se diría que es apología de la violencia de género. Y a Gilda ni siquiera se la dejaría fumar en pantalla. En cualquier caso, el que se llevó la gata al agua fue Orson Welles, al que, dicho sea de paso, acabo de ver en una película de los Teleñecos, citando para una audición a la rana Gustavo. Duelo de titanes.

Harry Lime y el ciudadano Kane, ¿qué más se puede decir? De El tercer hombre recuerdo con angustia la secuencia culminante, los dedos engarfiados de Welles tratando de escapar, aferrándose a la tapa de una alcantarilla mientras al otro lado la vida seguía su curso, a pesar de estar en el Berlín de después de la guerra. O pese a ello. Cuando me hice adulto y comprendí el argumento, deseé ser yo mismo quien vaciase el cargador de la pistola contra la espalda de Harry Lime, el traficante de penicilina adulterada. En cuanto a Ciudadano Kane, partía de una indiscreción imperdonable: Rosebud era el nombre con el que el magnate Hearst se refería cariñosamente al pubis de su amante. Se lo merecía, por bocazas y mentiroso: sus periódicos fueron los que caldearon los ánimos de los estadounidenses respecto a la independencia de Cuba, e incluso se le ha acusado de incitar al Presidente de los Estados Unidos a declararnos la guerra, tras la voladura del Maine, para vender más periódicos. Un jovencísimo Orson Welles le hizo una despiadada autopsia a ese millonario aquejado del síndrome de Diógenes, y luego, seguramente, se fue a celebrar el éxito junto a su particular Rosebud pelirrojo. Y bien que hizo.

Repasando la Wikipedia para que no me chirríe ningún dato, me dice que Ciudadano Kane es un par de años anterior al matrimonio de Orson Welles con la Hayworth. En fin, ya lo saben. La misma página me dice que en tiempos de la Guerra Fría una expedición partió a los Andes para enterrar en la nieve una copia de Gilda, a fin de preservarla en caso de holocausto nuclear. Ahí pueden tener una de las razones del cambio climático.

Guerra Fría, postguerra, la Centroeuropa de las ruinas, los pasados oscuros y las fuerzas de ocupación. Sumado todo ello, el resultado es Marlene Dietrich, rabiosamente alemana y aún más rabiosamente antinazi, lo que le costó el rechazo de buena parte de sus compatriotas empeñados en fingir que el III Reich había sido la obra personal de media docena de fanáticos guiados por un loco. El tópico manda mencionar su Lili Marleen, una emotiva canción sobre las penas universales de los soldados y sus amantes, que no acabo de tragar desde que me enteré de que era la canción favorita de aquel neonazi bendecido por la CIA que se llamó Augusto Pinochet. A mí me sorprendió especialmente su papel en Testigo de cargo, una película de final sorprendente, junto a un Charles Laughton que no tenía suerte a la hora de esconder los habanos de la mirada inquisitiva de su enfermera.

La Dietrich, la Hayworth… y Marilyn. Sin más. Como decía el pobre Fabián Confurco, el de los Relejes, que era un campesino con retranca del pueblo de mi abuela Pepucha, que en paz descanse, Habría valido la pena ser un Kennedy, con tal de haberse pasado por la piedra a Marilyn. Pobre Marilyn... pero no descenderemos al terreno de lo personal. Quedémonos con tres o cuatro secuencias. Esa Niágara, con los minutos finales al borde del abismo espumoso, la alejaron de los papeles de chica tonta que más adelante se vio obligada a desempeñar, acorde con el estereotipo de rubia-boba que pedían los años y las costumbres. De La tentación vive arriba recuerdo el momento mágico… no, ése no, ése vino después, con la edad adulta, el momento mágico que recuerdo es cuando Marilyn abre una trampilla en el techo del piso de su vecino, a quien la Wikipedia identifica como Tom Ewell, corrigiendo mi memoria que le atribuía el papel de rodríguez torturado a Glenn Ford. Otra escena, de las finales, que mi mente infantil tardó en asimilar: cuando el vecino sale corriendo de la casa, alguien le pregunta quién es esa rubia y él responde algo así como Mi vecina, ¿quién quieres que sea, Marilyn Monroe? Un guiño al espectador que pienso que se adelantó a su época; es más propio de la nuestra, plagada de cameos y de referencias metacinematográficas, si me permiten el palabro. Aunque la mejor referencia metaetcétera -y ya que me han dado la mano me voy a tomar el brazo-, es la de F. Murray Abraham, conocido ya para siempre como Salieri, a quien Arnold Schwarzenegger increpa, en una película: ¡Tú mataste a Mozart! Al menos, es la que a mí me hace más gracia, y ya les advertí de que estos párrafos no pretenden ser nada más que mi homenaje parcial a las estrellas del Hollywood que vi en la pequeña pantalla, tumbado en un sillón con la familia, y muchas veces yéndome a acostar a media película, porque a mí, a partir de las once de la noche, me entra el sueño. Son casi ya; hasta otro momento, respetados lectores.

(Continuará...)